Cumplida mi comisión, corrí á la plazuela de San Felipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aún subsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porque estaban muertos de cansancio.
Al llegar ví un hombre que, envuelto en su capote, paseaba de largo á largo sin hacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria.
—¡Agustín! ¿Eres tú?—le dije acercándome.—¡Qué pálido y demudado estás! ¿Te han herido?
—Déjame—me contestó agriamente:—no quiero compañías importunas.
—¿Estás loco? ¿Qué te pasa?
—Déjame, te digo—añadió repeliéndome con fuerza.—Te digo que quiero estar solo. No quiero ver á nadie.
—Amigo—indiqué comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el alma de mi compañero,—si te ocurre algo desagradable, dímelo y tomaré para mí una parte de tu desgracia.
—¿Pues no lo sabes?
—No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres á la calle de las Arcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos hemos visto.
—Es verdad—repuso.—Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del Coso, y la muerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos cayeron á mi lado, y no ha habido una bala para mí. Gabriel, amigo mío querido, pon el cañón de una de tus pistolas en mi sien y arráncame la vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme... No sé... parece que vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después, otra mano suave y tibia pasó por mi frente.