—Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes.

—¡Lo que tengo¡ ¿Qué hora es?

—Las nueve.

—¡Falta una hora!—exclamó con nervioso estremecimiento.—¡Sesenta minutos! Puede ser que los franceses hayan minado esta plazuela de San Felipe, donde estamos, y tal vez, dentro de un instante, la tierra, saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en que todos quedemos sepultados; todos: la víctima y los verdugos.

—¿Qué víctima es esa?

—¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre Nueva.

En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta luz alumbraba la entrada.

—En efecto—dije,—sé que ese infame viejo fué cogido prisionero con algunos franceses en la huerta de San Diego.

—Su crimen es indudable. A los enemigos enseñó el paso desde Santa Rosa á la casa de los Duendes, de él sólo conocido. Además de que no faltan pruebas, el infeliz esta tarde ha confesado todo con esperanza de salvarse.

—Le han condenado...