—Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será arcabuceado dentro de una hora, por traidor. ¡Allí está! Y aquí me tienes á mí, Gabriel; aquí me tienes á mí, capitán del batallón de las Peñas de San Pedro, ¡malditas charreteras! aquí me tienes con una orden en el bolsillo, en que se manda ejecutar la sentencia á las diez de la noche, en este mismo sitio, aquí en la plazuela de San Felipe, al pie de la torre. ¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general Saint-March.

Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir á mi compañero en aquella terrible ocasión.

—¡Amigo mío, valor!—exclamé al fin.—Es preciso cumplir la orden.

Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente, y se apartaba de mí para volver en seguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después, mirando á la torre, que majestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras cabezas, exclamó con terror:

—Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha, Gabriel? La torre se ha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves?

Miré á la torre. Como era natural, continuaba inclinada.

—Gabriel—añadió Montoria,—mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré á ese hombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo, quiero huir; estoy enfermo; me arrancaré estas charreteras, y se las tiraré á la cara al general Saint-March. No, no me digas que la Torre Nueva sigue inclinada. Pero, hombre, ¿no ves que está derecha? Amigo, tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo, y la sangre chisporrotea. Me muero de dolor.

Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza por la calle de Torresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla. Agustín no tuvo tiempo de huir, y la desgraciada joven se abrazó á él, exclamando con ardiente emoción:

—Agustín, Agustín. Gracias á Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto te quiero! Cuando me dijeron que eras tú el carcelero de mi padre, me volví loca de alegría, porque tengo la seguridad de que has de salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado á muerte. ¡A muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal á nadie! Pero Dios no quiere que el inocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes escapar.

—Mariquilla, María de mi corazón—dijo Agustín.—Déjame, vete... no te quiero ver... Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo... Estoy loco por tí. Húndase Zaragoza, pero no dejes de quererme. Esperaban que yo matará á tu padre...