La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más intensa á la sensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica fogosidad su cólera, y después se deshacía en lágrimas amargas, expresándose así:
—¡Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú! Agustín, tú no puedes negarme lo que te pido. ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde que te ví por primera vez en nuestra torre, no te has apartado un solo instante de mi pensamiento. Tú has sido para mí el más amable, el más generoso, el más discreto, el más valiente de todos los hombres. Te quise sin saber quién eras: yo ignoraba tu nombre y el de tus padres; pero te habría amado aunque hubieras sido el hijo del verdugo de Zaragoza. Agustín, tú te has olvidado de mí desde que no nos vemos. ¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creo que no me quitarás á mi buen padre, á quien amo tanto como á tí. Él es bueno, no ha hecho mal á nadie; es un pobre anciano... Tiene algunos defectos; pero yo no los veo: yo no veo en él más que virtudes. No he conocido á mi madre, que murió siendo yo muy niña; he vivido retirada del mundo; mi padre me ha criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grande amor que te tengo. Si no te hubiera conocido á tí, todo el mundo me hubiera sido indiferente sin él.
Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. El miraba con aterrados ojos tan pronto á la muchacha como á los hombres que estaban de centinela en la entrada de la torre, y la hija de Candiola, con admirable instinto, supo aprovechar esta disposición á la debilidad, y echándole los brazos al cuello, añadió:
—Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda descubrirnos. Si te dicen algo, si te acusan de haber faltado al deber, no les hagas caso y vente conmigo. ¡Cuánto te amará mi padre al ver que le salvas la vida! ¡Qué felicidad nos espera, Agustín! ¡Qué bueno eres! Ya lo esperaba yo; y cuando supe que el pobre preso estaba en tu poder, se me figuró que las puertas del cielo se abrían.
Mi amigo dió algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes militares y gente armada en la plazuela. De repente se nos apareció delante un hombre con muletas, acompañado de otros paisanos y algunos oficiales de alta graduación.
—¿Qué pasa aquí?—dijo D. José de Montoria.—Me pareció oir chillidos de mujer. Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes?
—Señor—gritó Mariquilla con terror volviéndose hacia Montoria.—Usted no se opondrá tampoco á que dejen en libertad á mi padre. ¿No se acuerda usted de mí? Ayer estaba usted herido y yo le curé.
—Es verdad, niña—dijo gravemente Don José.—Estoy muy agradecido. Ahora caigo en que es usted la hija del Sr. Candiola.
—Sí, señor: ayer, cuando le curaba á usted, reconocí en su cara la de aquel hombre que maltrató á mi padre hace muchos días.
—Sí, hija mía: fué un arrebato, un pronto... No lo pude remediar... Tengo la sangre muy viva... Y usted me curó... Así se portan los buenos cristianos. Pagar las injurias con beneficios, y hacer bien á los que nos aborrecen, es lo que manda Dios.