—Señor—exclamó María toda deshecha en lágrimas,—yo perdono á mis enemigos; perdone usted también á los suyos. ¿Por qué no han de poner en libertad á mi padre? El no ha hecho nada.
—Es un poco difícil lo que usted pretende. La traición del Sr. Candiola no puede perdonarse. La tropa está furiosa.
—¡Todo es un error! Si usted quiere interceder... Usted será de los que mandan.
—¿Yo?...—dijo Montoria.—Ese es un asunto que no me incumbe... Pero serénese usted, joven... De veras que parece usted una buena muchacha. Recuerdo el esmero con que me curaba, y me llega al alma tanta bondad. Grande ofensa hice á usted, y de la misma persona á quien ofendí he recibido un bien inmenso, tal vez la vida. De este modo nos enseña Dios con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr...! ¡ya la iba á soltar!... ¡Maldita lengua mía!
—¡Señor, qué bueno es usted!—exclamó la joven.—¡Yo le creía muy malo! usted me ayudará á salvar á mi padre. El tampoco se acuerda del ultraje recibido.
—Oiga usted—le dijo Montoria tomándola por un brazo.—Hace poco pedí perdón al señor D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse conmigo, me insultó del modo más grosero. El y yo nos casamos, niña. Dígame usted que me perdona lo de los golpes, y mi conciencia se descargará de un gran peso.
—¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es usted! Usted manda aquí, sin duda. Pues haga poner en libertad á mi padre.
—Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que espanta. Imposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de usted... De veras lo siento, mayormente al acordarme de su caridad... Ya la protegeré á usted... Veremos.
—Yo no quiero nada para mí—dijo María, ronca ya de tanto gritar.—Yo no quiero sino que pongan en libertad á un infeliz que nada ha hecho. Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Qué haces?
—Este joven cumplirá con su deber.