—Este joven—repuso la Candiola con furor,—hará lo que yo le ordene, porque me ama. ¿No es verdad que pondrás en libertad á mi padre? Tú me lo dijiste... Señores, ¿qué buscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo? Agustín, no les hagas caso y defendámonos.

—¡Qué es esto!—exclamó Montoria con estupefacción.—Agustín, ¿ha dicho esta muchacha que te disponías á faltar á tu deber? ¿La conoces tú?

Dominado por profundo temor, Agustín no contestó nada,

—Sí, le pondrá en libertad—exclamó María con desesperación.—Fuera de aquí, señores. Aquí no tienen ustedes nada que hacer.

—¡Cómo se entiende!—gritó D. José, tomando á su hijo por un brazo.—Si lo que esta muchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo faltaba al honor de ese modo, atropellando la lealtad jurada al principio de autoridad delante de las banderas; si yo supiera que mi hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado, yo mismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del consejo de guerra para que le dieran su merecido.

—¡Señor, padre mío!—repuso Agustín pálido como la muerte.—Jamás he pensado en faltar á mi deber.

—¿Es éste tu padre?—dijo María.—Agustín, dile que me amas, y quizás tenga compasión de mí.

—Esta joven está loca—afirmó D. José.—Desgraciada niña: su tribulación me llega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad... pero serénese usted. Sí, la protegeré, siempre que reforme sus costumbres... Pobrecilla: usted tiene buen corazón... un excelente corazón... pero... sí... me lo han dicho, un poco levantada de cascos... Es lástima que por una perversa educación se pierda una buena alma... Con que ¿será usted buena?... Creo que sí.

—Agustín, ¿cómo permites que me insulten?—exclamó María con inmenso dolor.

—No os insulto—añadió el padre.—Es un consejo. ¡Cómo había yo de insultar á mi bienhechora! Si usted se porta bien, le tendremos gran cariño. Queda usted bajo mi protección, desgraciada huerfanita... ¿Para qué toma en boca á mi hijo? Nada, nada: más juicio, y por ahora basta ya de agitación... El chico tal vez la conozca á usted... Sí, me han dicho que durante el sitio no ha abandonado usted la compañía de los soldados... Es preciso enmendarse: yo me encargo... No puedo olvidar el beneficio recibido; además, conozco que su fondo es bueno... Esa cara no miente: tiene usted una figura celestial. Pero es preciso renunciar á los goces mundanos, refrenar el vicio... pues...