—Soy Agustín Montoria—respondió,—¿Tan desfigurado estoy? Ayer me dijeron que habías muerto. ¡Qué envidia te tenía! Veo que eres tan desgraciado como yo, y vives aún. ¿Sabes, amigo mío, lo que acabo de ver? Acabo de ver el cuerpo de Mariquilla. Está en la calle de Antón Trillo, á la entrada de la huerta. Ven y la enterraremos.
—Yo más estoy para que me entierren que para enterrar. ¿Quién se ocupa de eso? ¿De qué ha muerto esa mujer?
—De nada, Gabriel, de nada.
—Es singular muerte: no la entiendo.
—Mariquilla no tiene heridas, ni las señales que deja en el rostro la epidemia. Parece que se ha dormido. Apoya la cara contra el suelo, y tiene las manos en ademán de taparse fuertemente los oídos.
—Hace bien. Le molesta el ruido de los tiros. Lo mismo me pasa á mí, que todavía los siento.
—Ven conmigo y me ayudarás. Llevo una azada.
Difícilmente llegué á donde mi amigo, con otros dos compañeros, me llevaba. Mis ojos no podían fijarse bien en objeto alguno, y sólo ví una sombra tendida. Agustín y los otros dos levantaron aquel cuerpo, fantasma, vana imagen ó desconsoladora realidad que allí existía. Creo haber distinguido su cara, y al verla, tristísima penumbra se extendió por mi alma.
—No tiene ni la más ligera herida—decía Agustín,—ni una gota de sangre mancha sus vestidos. Sus párpados no se han hinchado, como los que mueren de la epidemia. María no ha muerto de nada. ¿La ves, Gabriel? Parece que esta figura que tengo en brazos no ha vivido nunca; parece que es una hermosa imagen de cera, á quien he amado en sueños representándomela con vida, palabra y movimiento. ¿La ves? Siento que todos los habitantes de la ciudad estén muertos por esas calles. Si vivieran, les llamaría para decirles que la he amado. ¿Por qué lo oculté como un crimen? María, Mariquilla, esposa mía, ¿por qué te has muerto sin heridas y sin enfermedad? ¿Qué tienes, qué te pasa, qué te pasó en tu último momento? ¿En dónde estás ahora? ¿Tú piensas? ¿Te acuerdas de mí y sabes acaso que existo? María, Mariquilla, ¿por qué tengo yo ahora esto que llaman vida y tú no? ¿En dónde podré oirte, hablarte y ponerme delante de tí para que me mires? Todo á obscuras está en torno mío, desde que has cerrado los ojos. ¿Hasta cuándo durará esta noche de mi alma y esta soledad en que me has dejado? La tierra me es insoportable. La desesperación se apodera de mi alma, y en vano llamo á Dios para que la llene toda. Dios no quiere venir, y desde que te has ido, Mariquilla, el universo está vacío.
Diciendo esto, un vivo rumor de gente llegó á nuestros oídos.