—Son los franceses que toman posesión del Coso,—dijo uno.

—Amigos, cavad pronto esa sepultura—ordenó Agustín, dirigiéndose á los dos compañeros, que abrían un gran hoyo al pie del ciprés.—Si no, vendrán los franceses y nos la quitarán.

Un hombre avanza por la calle de Antón Trillo, y deteniéndose junto á la tapia destruída, mira hacia adentro. Le veo y tiemblo. Está transfigurado, cadavérico, con los ojos hundidos, el paso inseguro, la mirada sin brillo, el cuerpo encorvado, y me parece que han pasado veinte años desde que no le veo. Su vestido es de harapos manchados de sangre y lodo. En otro lugar y ocasión hubiérasele tomado por un mendigo octogenario que venía á pedir una limosna. Acercóse á donde estábamos, y con voz tan débil que apenas se oía, dijo:


—Agustín, hijo mío, ¿qué haces aquí?

—Señor padre—repuso el joven sin inmutarse,—estoy enterrando á Mariquilla.

—¿Por qué haces eso? ¿Por qué tanta solicitud por una persona extraña? El cuerpo de tu pobre hermano yace aún sin sepultura entre los demás patriotas. ¿Por qué te has separado de tu madre y de tu hermana?

—Mi hermana está rodeada de personas amantes y piadosas que cuidarán de ella, mientras ésta no tiene á nadie más que á mí,

D. José de Montoria, sombrío y meditabundo entonces cual nunca le ví, no dijo nada, y empezó á echar tierra en el hoyo, en cuya profundidad habían colocado el cuerpo de la hermosa joven.