Vestía con aseo; comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo la Cuaresma entera, y amaba á la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar á todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello.

Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla Doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado á los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado á la Iglesia, como su tío del mismo nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo. Fuí tratado con tanto miramiento, que me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy sincero afecto.

—Sr. D. Roque—dije aquella noche á mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron,—yo jamás he visto gente como ésta. ¿Son así todos los aragoneses?

—Hay de todo—me respondió;—pero hombres de la madera de D. José de Montoria, y familias como esta familia, abundan mucho en esta tierra de Aragón.

Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. La decisión de aquel vecindario me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan honroso como seguir tras ella, aunque fuera á distancia, husmeando su rastro de gloria. Ninguno de ustedes ignora que en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos heróicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. Capitulad y os vestiremos,—decían los franceses en el primer sitio, admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos.—No sabemos rendirnos—contestaban,—y nuestras carnes sólo se cubren de gloria.

Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.

Pero volvamos á lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para éste el manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión de forasteros, mandándoles salir en el término de veinticuatro horas; acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba á alborotar sembrando discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi llegada se publicó otra proclama llamando á los soldados dispersos del ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí á dicho ejército, había concurrido á la defensa de Madrid y á la batalla de Bailén; razones que, con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi protector, en las filas de Mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo. Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el mismo hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir á las órdenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San Pedro. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.

Desdé el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército francés; pero esto no fué un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la tarde una división llegó á Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el General en jefe, situóse con tres divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombres nos cercaban.

Sabido es que, impacientes por vencernos, los franceses comenzaron sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar á Torrero, por ser peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia.

Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fué destinado á guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el Convento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires; corría luego la tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto; desviábase luego hacia Poniente formando un ángulo obtuso, y enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino; seguía casi en línea recta hasta el Convento de Trinitarios, dejando dentro la puerta del Carmen. El que haya visto á Zaragoza comprenderá perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruínas de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún, no lejos de la Glorieta, su despedazado umbral y sus sillares carcomidos.