Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas, me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa y sana, á la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida á la de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de los latinos.
Aunque con viva inclinación á la poesía (pues Agustín era poeta), había aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los Padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo, y esperaba el día de la primera misa como el santo advenimiento.
Sin embargo (me veo obligado á decirlo desde el principio), Agustín no tenía vocación eclesiástica. Su familia, lo mismo que los buenos Padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas, ó Napoleón para el baile.
[V]
—Gabriel—me decía aquella mañana,—¿tienes ganas de batirte?
—Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte?—repliqué. (Como se ve, nos tuteábamos á los tres días de conocernos.)
—No muchas—dijo.—Figúrate que la primera bala nos matará...
—Moriríamos por la patria, por Zaragoza; y aunque la posteridad no se acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como ésta.
—Dices bien—repuso con tristeza;—pero es una lástima morir. Somos jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida?