—La vida es una miseria, y para lo que vale mejor es no pensar en ella.

—Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos á vivir. Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer.

—Eso es natural—contesté.—El miedo no existe cuando no se conoce el peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños.

—No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de morir sin más ni más, me sabe muy mal. Por si muero, voy á hacerte un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo. Atiende bien á lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se cae de un lado y parece inclinarse hacia acá para ver lo que aquí pasa, ú oir lo que estamos diciendo?

—La Torre Nueva. Ya la veo: ¿qué encargo me vas á dar para esa señora?

Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se destacaba la Torre Nueva, siempre vieja y nunca derecha.

—Pues oye bien—continuó Agustín.—Si me matan á los primeros tiros en este día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te vas allá...

—¿A la Torre Nueva? Llego, subo...

—No, hombre, subir no. Te diré: llegas á la plaza de San Felipe donde está la Torre... Mira hacia allá: ¿ves que junto á la gran mole hay otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del señor canónigo, que es la torre grande.