—Sí, ya veo el monaguillo. Y si no me engaño es el campanario de San Felipe. Y ahora toca el maldito.
—A misa, está tocando á misa—dijo Agustín con grande emoción.—¿No oyes el esquilón rajado?
—Pues bien: sepamos lo que tengo que decir á ese señor monaguillo que toca el esquilón rajado.
—No, no es nada de eso. Llegas á la plaza de San Felipe. Si miras al campanario, verás que está en una esquina; de esta esquina parte una calle angosta: entras por ella, y á la izquierda encontrarás al poco trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo. Sigues por ella hasta llegar á espaldas de la iglesia. Allí verás una casa: te paras...
—Y luego me vuelvo.
—No: junto á la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón pintado de color de chocolate. Te paras allí...
—Me paro allí, y allí me estoy.
—No, hombre: verás...
—Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas torres y esas paradas?
—Significan—continuó mi amigo con más embarazo cada vez,—que en cuanto estés allí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno: llegas, te paras, aguardas un poquito, luego pasas á la acera de enfrente, alargas el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges una piedrecita, y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho ruido.