—Y en seguida saldrá ella.

—No, hombre: ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá ó no saldrá?

—Bueno: pongamos que sale.

—Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que, según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y usurero, y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes y moratorias y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El que se mete en pleito con él está perdido.

—De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un magnífico palacio.

—Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque le fusilen, y si le vieras por ahí le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural de Mallorca, si no me engaño.

—Y ese tío Candiola tiene una hija.

—Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene ó no tiene una hija?—me dijo, disimulando con estas evasivas su turbación.—Pues, como te iba contando, el tío Candiola es muy aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el otro sitio no dió un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un día dijera que á él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo á punto de ser arrastrado por los patriotas.

—Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra á la ventana sale el tío Candiola con un garrote, y me da una solfa por hacerle chicoleos á su hija?

—No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que obscurece, Candiola se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero hasta más de media noche? ¡Bah! Ahora va él á ocuparse... Los vecinos dicen que sienten un cierto rumorcillo ó sonsonete, como si estuvieran vaciando sacos de onzas.