—Mírala, allí está.

—¿Quién, la Virgen? Ya la veo.

—No, hombre: Mariquilla. ¿La ves? Allá enfrente, junto á la columna.

Miré y sólo ví mucha gente: al instante nos apartamos de aquel sitio, buscando entre la multitud un paso para transportarnos al otro lado.

—No está con ella el tío Candiola—dijo Agustín muy alegre.—Viene con la criada.

Y diciendo esto, codeaba á un lado y otro para hacerse camino, estropeando pechos y espaldas, pisando pies, chafando sombreros y arrugando vestidos. Yo seguía tras él, causando iguales estragos á derecha é izquierda, y por fin llegamos junto á la hermosa joven, que lo era realmente, según pude reconocerlo en aquel momento por mis propios ojos. La entusiasta pasión de mi buen amigo no me engañó, y Mariquilla valía la pena de ser desatinadamente amada. Llamaban la atención en ella la tez morena y descolorida, los ojos de profundo negror, la nariz correctísima, la boca incomparable y la frente hermosa, aunque pequeña. Había en su rostro, como en su cuerpo delgado y ligero, cierto voluptuoso abandono; cuando bajaba los ojos, creyérase que una dulce y amorosa obscuridad envolvía su figura, confundiéndola con las nuestras. Sonreía con gravedad, y cuando nos acercamos, sus miradas revelaban temor. Todo en ella anunciaba la pasión circunspecta y reservada de las mujeres de cierto carácter, y debía de ser, según me pareció en aquel momento, poco habladora, falta de coquetería y pobre de artificios. Después tuve ocasión de comprobar aquél mi prematuro juicio. Resplandecía en el rostro de Mariquilla una calma platónica y cierta seguridad de sí misma. A diferencia de la mayor parte de las mujeres, y semejante al menor número de las mismas, aquella alma se alteraba difícilmente; pero al verificarse la alteración, la cosa iba de veras. Blandas y sensibles otras como la cera, ante un débil calor sin esfuerzo se funden; pero Mariquilla, de durísimo metal compuesta, necesitaba la llama de un gran fuego para perder la compacta conglomeración de su carácter, y si este momento llegaba, había de ser como el metal derretido que abrasa cuanto toca.

Además de su belleza, me llamó la atención la elegancia y hasta cierto punto el lujo con que vestía, pues acostumbrado á oir exagerar la avaricia del tío Candiola, supuse que tendría reducida á su hija á los últimos extremos de la miseria en lo relativo á traje y tocado. Pero no era así. Según Montoria me dijo después, el tacaño de los tacaños, no sólo permitía á su hija algunos gastos, sino que la obsequiaba de peras á higos con tal cual prenda, que á él le parecía el non plus ultra de las pompas mundanas. Si Candiola era capaz de dejar morir de hambre á parientes cercanos, tenía con su hija condescendencias de bolsillo verdaderamente escandalosas y fenomenales; aunque avaro, era padre: amaba regularmente, quizás mucho, á la infeliz muchacha, hallando por esto en su generosidad el primero, tal vez el único agrado de su árida existencia.

Algo más hay que hablar en lo referente á este punto; pero irá saliendo poco á poco durante el curso de la narración, y ahora me concretaré á decir que mi amigo no había dicho aún diez palabras á su adorada María, cuando un hombre se nos acercó de súbito, y después de mirarnos un instante á los dos con centelleantes ojos, dirigióse á la joven, la tomó por el brazo, y enojadamente le dijo: