—¿Qué haces aquí? Y usted, tía Guedita, ¿por qué la ha traído al Pilar á estas horas? A casa, á casa pronto.

Y empujándolas á ambas, ama y criada, llevólas hacia la puerta y á la calle, desapareciendo los tres de nuestra vista.

Era Candiola. Lo recuerdo bien, y su recuerdo me hace estremecer de espanto. Más adelante sabréis por qué. Desde la breve escena en el templo del Pilar, la imagen de aquel hombre quedó grabada en mi memoria, y no era ciertamente su figura de las que prontamente se olvidan. Viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo.

Candiola no tenía barbas: llevaba el rostro, según la moda, completamente rasurado, aunque la navaja no entraba en aquellos campos sino una vez por semana. Si D. Jerónimo hubiera tenido barbas, le compararía por su figura á cierto mercader veneciano que conocí mucho después, viajando por el vastísimo continente de los libros, y en quien hallé ciertos rasgos de fisonomía que me hicieron recordar los de aquél que bruscamente se nos presentó en el templo del Pilar.

—¿Has visto qué miserable y ridículo viejo?—me dijo Agustín cuando nos quedamos solos, mirando á la puerta por donde las tres, personas habían desaparecido.

—No gusta que su hija tenga novios.

—Pero estoy seguro de que no me vió hablando con ella. Tendrá sospechas; pero nada más. Si pasará de la sospecha á la certidumbre, María y yo estaríamos perdidos. ¿Viste qué mirada nos echó? ¡Condenado avaro, alma negra forrada en la piel de Satanás!

—Mal suegro tienes.

—Tan malo—dijo Montoria con tristeza,—que no doy por él dos cuartos con cardenillo. Estoy seguro de que esta noche la pone de vuelta y media, y gracias que no acostumbra á maltratarla de obra.

—Y el Sr Candiola—pregunté,—¿no tendrá gusto en verla casada con el hijo de D. José de Montoria?