Juan Pirli, uno de nuestros compañeros en el batallón, traía al volver á Zaragoza un morrión de ingeniero, que se puso para sorprender al público, y además una sartén, en la cual aún había restos de almuerzo, comenzado en el campamento frente á Zaragoza y terminado en el otro mundo.

Habíamos tenido en nuestro batallón nueve muertos y ocho heridos. Cuando Agustín se reunió á mí, cerca de la puerta del Carmen, noté que tenía una mano ensangrentada.

—¿Te han herido?—le dije, examinándole.—No es más que una rozadura.

—Una rozadura es—me contestó;—pero no de bala, ni de lanza, ni de sable, sino de dientes, porque cuando le echó la zarpa al francés que alzó el azadón para descalabrarme, el condenado me clavó los dientes en esta mano como un perro de presa.

Cuando entrábamos en la ciudad, unos por la puerta del Carmen, otros por el Portillo, todas las piezas de los reductos y fuertes del Mediodía hicieron fuego contra las columnas que venían en nuestra persecución. Las dos salidas combinadas habían hecho bastante daño á los franceses. Sobre que perdieron mucha gente, se les inutilizó una parte, aunque no grande, de los trabajos de su primera paralela, y nos apoderamos de un número considerable de herramientas. Además de esto, los oficiales de ingenieros que llevó Butrón en aquella osada aventura, habían tenido tiempo de examinar las obras de los sitiadores, y explorarlas y medirlas para dar cuenta de ellas al Capitán General.

La muralla estaba invadida por la gente. Habíase oído desde dentro de la ciudad el tiroteo de las guerrillas, y hombres, mujeres, ancianos y niños, todos acudieron á ver qué nueva acción gloriosa era aquélla entablada fuera de la plaza. Fuimos recibidos con exclamaciones de gozo, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga fila de hombres y mujeres mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla y batiendo palmas á nuestra llegada, ó saludándonos con sus pañuelos, presentaban un golpe de vista magnífico. Después tronó el cañón; los reductos hicieron fuego á la vez sobre el llano que acabábamos de abandonar, y aquel estruendo formidable parecía una salva triunfal, según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones de alegría. En las cercanas casas, ventanas y balcones estaban llenos de mujeres, y la curiosidad, el interés de algunas era tal, que se las veía acercarse en tropel á los fuertes y á los cañones, para regocijar sus varoniles almas y templar sus acerados nervios con el ruido, á ningún otro comparable, de la artillería. En el fortín del Portillo fué preciso mandar salir á la muchedumbre. En Santa Engracia, la concurrencia daba á aquel sitio el aspecto de un teatro, de una fiesta pública. Cesó al fin el fuego de cañón, que no tenía más objeto que proteger nuestra retirada, y sólo la Aljafería siguió disparando de tarde en tarde contra las obras del enemigo.

En recompensa de la acción de aquel día, se nos concedió en el siguiente llevar una cinta encarnada en el pecho, á guisa de condecoración; y haciendo justicia á lo arriesgado de aquella salida, el Padre Boggiero nos dijo, entre otras cosas, por boca del General: «Ayer sellásteis el último día del año con una acción digna de vosotros... Sonó el clarín, y á un tiempo mismo los filos de vuestras espadas arrojaban al suelo las altaneras cabezas, humilladas al valor y al patriotismo. ¡Numancia! ¡Olivenza! ¡Ya he visto que vuestros ligeros caballos sabrán conservar el honor de este ejército y el entusiasmo de estos sagrados muros!... ¡Ceñid esas espadas ensangrentadas, que son el vínculo de vuestra felicidad y el apoyo de la patria!...»


[IX]

Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Las salidas verificadas en los primeros dos días de Enero no fueron de gran importancia. Los franceses, concluída la primera paralela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta actividad trabajaron en ella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras dos mejores posiciones del Mediodía, San José y el reducto del Pilar, por imponentes baterías de sitio, cada una con diez y seis cañones. Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles un incesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero así y todo, Junot, que por aquellos días sustituyó á Moncey, llevaba adelante los trabajos con mucha diligencia.