Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la cabecera del puente de la Huerva y á la parte de fuera. El radio de sus fuegos abrazaba una extensión considerable, cruzándose con los de San José. Las baterías de los Mártires, del Jardín Botánico y de la torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad, tenían menos importancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían de auxiliares. Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios aragoneses, algunos soldados del resguardo, y varios paisanos armados de los que espontáneamente se adherían al cuerpo más de su gusto. Ocho cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa; mandaba la artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el gran Simonó, oficial de este distinguido cuerpo, hombre de tal condición, que se le puede citar como modelo de buenos militares, así en el valor como en la pericia.

Era el reducto una obra, aunque de circunstancias, bastante fuerte, y no carecía de ningún requisito material para ser bien defendida. Sobre la puerta de entrada, al extremo del puente, habían puesto sus constructores una tabla con la siguiente inscripción: Reducto inconquistable de Nuestra Señora del Pilar. ¡Zaragozanos: morir por la Virgen del Pilar ó vencer!

Allí dentro no teníamos alojamiento, y aunque la estación no era muy cruda, lo pasábamos bastante mal. El suministro de provisiones de boca se hacía por una Junta encargada de la administración militar; pero esta Junta, á pesar de su celo, no podía atendernos de un modo eficaz. Por nuestra fortuna y para honor de aquel magnánimo pueblo, de todas las casas vecinas nos mandaban diariamente lo mejor de sus provisiones, y á menudo éramos visitados por las mismas mujeres caritativas que desde la acción del 31 se habían encargado de cuidar en su propio domicilio á nuestros pobres heridos.

No sé si he hablado de Pirli. Pirli era un muchacho de los arrabales, labrador, como de veinte años y de condición tan festiva, que los lances peligrosos desarrollaban en él una alegría nerviosa y febril. Jamás le ví triste; acometía á los franceses cantando, y cuando las balas silbaban en torno suyo, sacudía manos y pies haciendo grotescos gestos y cabriolas. Llamaba al fuego graneado pedrisco, á las balas de cañón las tortas calientes, á las granadas las señoras, y á la pólvora la harina negra, usando además otros terminachos de que no hago memoria en este momento. Pirli, aunque poco formal, era un cariñoso compañero.

No sé si he hablado del tío Garcés. Era un hombre de cuarenta y cinco años, natural de Garrapinillos, fortísimo, atezado, con semblante curtido y miembros de acero, ágil cual ninguno en los movimientos, é imperturbable como una máquina ante el fuego; poco hablador y bastante desvergonzado cuando hablaba, pero con cierto gracejo en su garrulería. Tenía una pequeña hacienda en los alrededores, y casa muy modesta; mas con sus propias manos había arrasado la casa, y puesto por tierra los perales, para quitar defensas al enemigo. Oí contar de él mil proezas realizadas en el primer sitio; ostentaba bordado en la manga derecha el escudo de premio y distinción de 16 de Agosto. Vestía tan mal que casi iba medio desnudo, no porque careciera de traje, sino por no haber tenido tiempo para ponérselo. El y otros como él, fueron sin duda los que inspiraron la célebre frase de que antes he hecho mención. Sus carnes sólo se vestían de gloria. Dormía sin abrigo y comía menos que un anacoreta, pues con dos pedazos de pan acompañados de un par de mordiscos de cecina, dura como cuero, tenía bastante para un día. Era hombre algo meditabundo, y cuando observaba los trabajos de la segunda paralela, decía mirando á los franceses: Gracias á Dios que se acercan, ¡cuerno!... ¡Cuerno! esta gente le acaba á uno la paciencia.

—¿Qué prisa tiene usted, tío Garcés?—le decíamos.

—¡Recuerno! Tengo que plantar los árboles otra vez antes que pase el invierno—contestaba,—y para el mes que entra quisiera volver á levantar la casita.

En resumen: el tío Garcés, como el reducto, debía llevar un cartel en la frente que dijera: Hombre inconquistable.

Pero ¿quién viene allí, avanzando lentamente por la hondonada de la Huerva, apoyándose en un grueso bastón, y seguido de un perrillo travieso que ladra á todos los transeuntes por pura fanfarronería y sin intención de morderles? Es el Padre Fray Mateo del Busto, lector y calificador de la Orden de Mínimos, capellán del segundo tercio de voluntarios de Zaragoza, insigne varón á quien, á pesar de su ancianidad, se vió durante el primer sitio en todos los puestos de peligro, socorriendo heridos, auxiliando moribundos, llevando municiones á los sanos, y animando á todos con el acento de su dulce palabra.