Al entrar en el reducto, nos mostró una cesta grande y pesada que trabajosamente cargaba, y en la cual traía algunas vituallas algo mejores que las de nuestra ordinaria mesa.

—Estas tortas—dijo sentándose en el suelo y sacando uno por uno los objetos que iba nombrando,—me las han dado en casa de la excelentísima señora Condesa de Bureta, y ésta en casa de D. Pedro Ric. Aquí tenéis también un par de lonjas de jamón, que son de mi Convento y se destinaban al Padre Loshoyos, que está muy enfermito del estómago; pero él, renunciando á este regalo, me lo dió para traéroslo. A ver qué os parece esta botella de vino. ¿Cuánto darían por ella los gabachos que tenemos enfrente?

Todos miramos hacia el campo. El perrillo, saltando denodadamente á la muralla, empezó á ladrar á las líneas francesas.

—También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado en la despensa de nuestra casa. Ibamos á ponerlos en aguardiente; pero primero que nadie sois vosotros, valientes muchachos. Tampoco me he olvidado de tí, querido Pirli—añadió volviéndose al chico de este nombre,—y como estás casi desnudo y sin manta, te he traído un magnífico abrigo. Mira este lío. Pues es un hábito viejo que tenía guardado para darlo á un pobre: ahora te lo regalo para que cubras y abrigues tus carnes. Es vestido impropio de un soldado; pero si el hábito no hace al monje, tampoco el uniforme hace al militar. Póntelo, y estarás muy holgadamente con él.

El fraile dió á nuestro amigo su lío, y éste se puso el hábito entre risas y jácara de una y otra parte; y como conservaba aún, llevándolo constantemente en la cabeza, el alto sombrero de piel que el día 31 había cogido en el campamento enemigo, hacía la figura más extraña que puede imaginarse.

Poco después llegaron algunas mujeres también con cestas de provisiones. La aparición del sexo femenino transformó de súbito el aspecto del reducto. No sé de dónde sacaron la guitarra; lo cierto es que la sacaron de alguna parte: uno de los presentes empezó á rasguear primorosamente los compases de la incomparable, de la divina, de la inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli, cuya grotesca figura empezaba en ingeniero francés y acababa en fraile español, era el más exaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás su pareja, una muchacha graciosísima, vestida de serrana, y á quien desde el primer momento oí que llamaban Manuela. Representaba veinte ó veintidós años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitación del baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus movimientos, insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados, las mejillas enrojecidas, agitando los brazos al compás de la grata cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas, cambiando de lugar con ligerísimo paso, presentándosenos, ora de frente, ora de espaldas, Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su ardor coreográfico, más se animaban el músico y los demás bailarines, y con el entusiasmo de éstos aumentábase el suyo, hasta que al fin, cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojó los brazos, y cayó sentada en tierra sin respiración y casi como la grana.

Pirli se puso junto á ella, y al punto formóse un corrillo, cuyo centro era la cesta de provisiones.

—A ver qué nos traes, Manuelilla—dijo Pirli.—Si no fuera por tí y el Padre Busto, que está presente, nos moriríamos de hambre. Y si no fuera por este poco de baile con que quitamos el mal gusto de las tortas calientes y de las señoras, ¡qué sería de estos pobres soldados!

—Os traigo lo que hay—repuso Manuela sacando las provisiones.—Queda poco, y si esto dura, comeréis ladrillos.

—Comeremos metralla amasada con harina negra—dijo Pirli.—Manuelilla, ¿ya se te ha quitado el miedo á los tiros?