Al decir esto tomó con presteza su fusil, disparándolo al aire. La moza dió un fuerte grito, y sobresaltada huyó de nuestro grupo.

—No es nada, hija—dijo el fraile.—Las mujeres valientes no se asustan del ruido de la pólvora; antes al contrario, deben encontrar en él tanto agrado como en el son de las castañuelas y bandurrias.

—Cuando oigo un tiro—dijo Manuela acercándose llena de miedo,—no me queda gota de sangre en las venas.

En aquel instante, los franceses, que sin duda querían probar la artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón, y la bala vino á rebotar contra la muralla del reducto, haciendo saltar en pedazos mil los deleznables ladrillos.

Levantáronse todos á observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamación de terror, y el tío Garcés púsose á dar gritos desde una tronera contra los franceses, prodigándoles insolentes vocablos, acompañados de mucho cuerno y recuerno. El perrillo, recorriendo la cortina de un extremo á otro, ladraba con exaltada furia.

—Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen del Pilar!—exclamó Pirli saltando como un insensato.

Impulsada por la curiosidad, alzábase Manuela lentamente, alargando el cuello para mirar al campo por encima de la muralla. Luego, al extender los ojos por la llanura, parecía disiparse poco á poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia.

—Uno, dos, tres cañones—dijo contando las bocas de fuego que á lo lejos se divisaban.—Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros.

Oyóse hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó el tambor, mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de éstos, corriéndose hacia su izquierda, parecían próximos á ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos á las aspilleras, dispuestos á enviarles un poco de pedrisco, y sin esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. Huyeron en tanto por el puente y hacia la ciudad todas las mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No: su miedo era inmenso; temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro por repentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en el reducto, y fijaba los atónitos ojos en los tiradores, y en el cañón que en aquel instante iba á ser disparado.