—Manuela—le dijo Agustín.—¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando?
La serrana, con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía ni hablaba.
—Manuelilla—gritó Pirli, corriendo hacia ella,—toma mi fusil y dispáralo.
Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de terror.
—Tómalo, prenda—añadió Pirli, haciéndole tomar el arma:—pon el dedo aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho, y la Virgen del Pilar!
La serrana tomó el arma, y á juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado en su mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el arma con mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo é hizo fuego.
Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana soltó el fusil. Estaba radiante de satisfacción, y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas.
—¿Ves? ya has perdido el miedo—dijo el Mínimo.—Si á estas cosas no hay más que tomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las zaragozanas, y de ese modo la Agustina y Casta Alvarez no serían una gloriosa excepción entre las de su sexo.
—¡Venga otro fusil!—exclamó la serrana,—que quiero tirar otra vez.