—¿Por aquí? Pronto lo veremos. Mal día se nos prepara si se cumplen las órdenes de Napoleón. Dime: ¿tienes por ahí algo que comer?

—No te lo enseñé antes porque quise sorprenderte,—me dijo, mostrándome un cesto, que servía de sepulcro á dos aves asadas, fiambres, con algunas confituras y conservas finas.

—¿Lo has traído anoche...? Ya. ¿Cómo pudiste salir del reducto?

—Pedí licencia al jefe, y me la concedió por una hora. Mariquilla tenía preparado este festín. Si el tío Candiola sabe que dos de las gallinas de su corral han sido muertas y asadas para regalo de los defensores de la ciudad, se le llevarán los demonios. Comamos, pues, Sr. Araceli, y esperemos ese bombardeo... ¡Eh! ¡Aquí está... una bomba, otra, otra!

Las ocho baterías que embocaban sus tiros contra San José y el reducto del Pilar, empezaron á hacer fuego; ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo á las troneras, ó al pie del cañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria. El fuerte inconquistable contestó al insolente sitiador con orgulloso cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros pechos. Las balas rasas, rebotando en la muralla de ladrillo y en los parapetos de tierra, destrozaban el reducto, cual si fuera un juguete apedreado por un niño; las granadas, cayendo entre nosotros, reventaban con estrépito, y las bombas, pasando con pavorosa majestad por sobre nuestras cabezas, iban á caer en las calles y en los techos de las casas.

¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la ciudad. Los hombres á la muralla, las mujeres á los hospitales de sangre, los chiquillos y los frailes á llevar municiones. No se haga caso de estas terribles masas inflamadas que agujerean los techos, penetran en las habitaciones, abren las puertas, horadan los pisos, bajan al sótano, y al reventar desparraman las llamas del infierno en el hogar tranquilo, sorprendiendo con la muerte al anciano inválido en su lecho y al niño en su cuna. Nada de esto importa. ¡A la calle todo el mundo, y con tal que se salve el honor, perezcan la ciudad y la casa, la iglesia y el convento, el hospital y la hacienda, que son cosas terrenas! Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales como desprecian la vida, viven con el espíritu en los infinitos espacios de lo ideal.

En los primeros momentos nos visitó el Capitán General, con otras muchas personas distinguidas, tales como D. Mariano Cereso[2], el cura Sas, el general O’Neilly, San Genis y D. Pedro Ric. También estuvo allí el bravo, generoso y campechano D. José Montoria, que abrazó á su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer ó morir. Nos veremos en el Cielo.» Tras de Montoria se nos presentó D. Roque, al cual ví hecho un valiente, y como empleado en el servicio sanitario, desde antes que existieran heridos había comenzado á desplegar de un modo febril su actividad, y nos mostró un mediano montón de hilas. Varios frailes se mezclaron asimismo entre los combatientes durante los primeros disparos, exhortándonos con un furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos.

A un mismo tiempo, y con igual furia, atacaban los franceses el reducto del Pilar y el fortín de San José. Este, aunque ofrecía un aspecto más formidable, había de resistir menos, quizás por presentar mayor blanco al fuego enemigo. Pero allí estaba Renovales con los voluntarios de Huesca, los voluntarios de Valencia, algunos guardias walonas, y varios individuos de las milicias de Soria. El gran inconveniente de aquel fuerte consistía en estar construído al amparo de un vasto edificio, que la artillería enemiga convertía paulatinamente en ruínas; y desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchos defensores morían aplastados. Nosotros estábamos mejor: sobre nuestras cabezas no teníamos más que cielo; y si ningún techo nos guarecía de las bombas, tampoco se nos echaban encima masas de piedra y ladrillo. Batían la muralla por el frente y los costados, y era un dolor ver cómo aquella frágil masa se desmoronaba, dejándonos al descubierto. Sin embargo, después de cuatro horas de incesante fuego con poderosa artillería, apenas pudieron abrir una brecha practicable.

Así pasó todo el día 10, sin ventaja alguna para los sitiadores por nuestro lado, si bien hacia San José habían logrado acercarse y abrir una brecha espantosa, lo cual, unido al estado ruinoso del edificio, anunciaba la dolorosa necesidad de su rendición. No obstante, mientras el fuerte no estuviese reducido á polvo, y muertos ó heridos sus defensores, había esperanza. Renováronse allí las tropas, porque los batallones que trabajaban desde por la mañana, estaban diezmados, y cuando anocheció, después de abierta la brecha é intentado sin fruto un asalto, aún se sostuvo Renovales sobre las ruínas empapadas en sangre, entre montones de cadáveres y con la tercera parte tan sólo de su artillería.