La Virgen del Pilar dice
Que no quiere ser francesa...

También ellos estaban para burlas, y arreciaron el fuego de tal modo, que la ciudad recibió en menos de dos horas mayor número de proyectiles que en el resto del día. Ya no había asilo seguro; ya no había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánico fuego. Huían las familias de sus hogares, ó se refugiaban en los sótanos; los heridos, que abundaban en las principales casas, eran llevados á las iglesias, buscando reposo bajo sus fuertes bóvedas; otros salían arrastrándose; otros más ágiles llevaban á cuestas sus propias camas. Los más se acomodaban en el Pilar, y después de ocupar todo el pavimento, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar de tantos infortunios, se consolaban con mirar á la Virgen, la cual sin cesar, con el lenguaje de sus brillantes ojos, les decía que no quería ser francesa.


[XII]

Mi batallón no tomó parte en las salidas de los días 22 y 24, ni en la defensa del Molino de aceite y de las posiciones colocadas á espaldas de San José; hechos gloriosos en que se perdió bastante gente, pero donde se sentó la mano con firmeza á los franceses. Y no era porque éstos se descuidaran en tomar precauciones, pues en la tercera paralela, desde la embocadura de Huerva hasta la puerta del Carmen, colocaron 50 cañones, los de más grueso calibre, dirigiendo sus bocas con mucho arte contra los puntos más débiles. De todo esto nos reíamos ó aparentábamos reirnos, como lo prueba la vanagloriosa respuesta de Palafox al mariscal Lannes (que desde el 22 se puso al frente del ejército sitiador), en la cual le decía: «La conquista de esta ciudad hará mucho honor al señor Mariscal si la ganase á cuerpo descubierto, no con bombas y granadas, que sólo aterran á los cobardes.» Por supuesto, en cuanto pasaron algunos días, se conoció que los esfuerzos esperados y los poderosos ejércitos que venían á libertarnos, eran puro humo de nuestras cabezas, y principalmente de la del diarista que en tales cosas se entretenía. No había tales auxilios, ni ejércitos de ninguna clase andaban cerca para ayudarnos.

Yo comprendí bien pronto que lo publicado en la Gaceta del 16 era una filfa, y así lo dije á D. José de Montoria y á su mujer, los cuales en su optimismo atribuyeron mi incredulidad á falta de sentido común. Yo había ido con Agustín y otros amigos á la casa de mis protectores para ayudarles en una tarea que les traía muy apurados, pues destruído por las bombas parte del techo, y amenazada de ruína una pared maestra, estaban mudándose á toda prisa. El hijo mayor de Montoria, herido en la acción del Molino de aceite, se había albergado con su mujer é hijo en el sótano de una casa inmediata, y Doña Leocadia no daba paz á los pies y las manos para ir y venir de un sitio á otro, trayendo y llevando lo que era menester.

—No puedo fiarme de nadie—me decía.—Mi genio es así. Aunque tengo criados, no quedo contenta si no lo hago todo yo misma. ¿Qué tal se ha portado mi hijo Agustín?

—Como quien es, señora—le contesté.—Es un valiente muchacho, y su disposición para las armas es tan grande, que no me asombraría verle de General dentro de un par de años.

—¡General ha dicho usted!—exclamó con sorpresa.—Mi hijo cantará misa en cuanto se acabe el sitio, pues ya sabe usted que para eso le hemos criado. Dios y la Virgen del Pilar le saquen en bien de esta guerra, que lo demás irá por sus pasos contados. Los Padres del Seminario me aseguran que veré á mi hijo con su mitra en la cabeza y su báculo en la mano.

—Así será, señora: no lo pongo en duda. Pero al ver cómo maneja las armas, no puede acostumbrarse uno á considerar que con aquella misma mano que tira del gatillo ha de echar bendiciones.