—Verdad es, Sr. de Araceli: yo siempre he dicho que á la gente de iglesia no le cae bien el gatillo; pero qué quiere usted. Ahí tenemos hechos unos guerreros que dan miedo á Don Santiago Sas; á D. Manuel Lasartesa; al beneficiado de San Pablo, D. Antonio la Casa; al teniente cura de la parroquia de San Miguel de los Navarros, D. José Martínez, y también á D. Vicente Casanova, que tiene fama de ser el primer teólogo de Zaragoza. Pues los demás lo hacen, guerree también mi hijo, aunque supongo que él estará rabiando por volver al Seminario y meterse en la balumba de sus estudios. Y no crea usted... últimamente estaba estudiando en unos libros tan grandes, tan grandes, que pesan dos quintales. ¡Válgame Dios con el chico! Yo me embobo cuando le oigo recitar una cosa larga, muy larga, toda en latín por supuesto, y que debe de ser algo de nuestro divino Señor Jesucristo y del amor que tiene á su Iglesia, porque hay mucho de amorem y de formosa y pulcherrima, inflamavit y otras palabrillas por el estilo.

—Justamente—le respondí,—y se me figura que lo que recita es el libro cuarto de una obra eclesiástica, que llaman la Eneida, que escribió un tal Fray Virgilio, de la Orden de Predicadores, y en cuya obra se habla mucho del amor que Jesucristo tiene á su Iglesia.

—Eso debe ser—repuso Doña Leocadia.—Ahora, Sr. de Araceli, veamos si me ayuda usted á bajar esta mesa.

—Con mil amores, señora mía: la llevaré yo solo,—contesté cargando el mueble, á punto que entraba D. José de Montoria echando porras y cuernos por su bendita boca.

—¿Qué es esto, porra?—exclamó.—¡Los hombres ocupados en faenas de mujer! Para mudar muebles y trastos no se le ha puesto á usted un fusil en la mano, Sr. de Araceli. Y tú, mujer, ¿para qué distraes de este modo á los hombres que hacen falta en otro lado? Tú y las chicas, ¡porra! ¿no podéis bajar los muebles? Sois de pasta de requesón. Mira: por la calle abajo va la Condesa de Bureta con un colchón á cuestas, mientras sus dos doncellas transportan un soldado herido en una camilla.

—Bueno—dijo Doña Leocadia,—para eso no es menester tanto ruido. Váyanse afuera, pues, los hombres. A la calle todo el mundo, y déjennos solas. Afuera tú también, Agustín, hijo mío, y Dios te conserve sano en medio de este infierno.

—Hay que transportar veinte sacos de harina del Convento de Trinitarios al almacén de la Junta de Abastos—ordenó Montoria.—Vamos todos.

Y cuando llegamos á la calle, añadió:

—La mucha tropa que tenemos dentro de Zaragoza, hará que pronto no podamos dar sino media ración. Verdad es, amigos míos, que hay muchos víveres escondidos; y aunque se ha mandado que todo el mundo declare lo que tiene, muchos no hacen caso, y acaparan para vender á precios fabulosos. ¡Mal pecado! Si les descubro y caen bajo mis manos, les haré entender quién es Montoria, presidente de la Junta de Abastos.

Llegamos á la parroquia de San Pablo, cuando nos salió al encuentro el Padre Fray Mateo del Busto, que venía muy fatigado, forzando su débil paso, y le acompañaba otro fraile á quien nombraron el Padre Luengo.