—¿Qué noticias nos traen sus Paternidades?—les preguntó Montoria.
—Efectivamente: D. Juan Gallart tenía algunas arrobas de embutidos que pone á disposición de la Junta.
—Y D. Pedro Pizueta, el tendero de la calle de las Moscas, entrega generosamente sesenta sacos de lana, y toda la harina y la sal de sus almacenes,—añadió Luengo.
—Pero acabamos de librar con el tío Candiola—dijo el fraile,—una batalla, que ni la de las Eras se le compara.
—Pues qué—preguntó D. José con asombro,—¿no ha entendido ese miserable cicatero que le pagaremos su harina, ya que es el único de todos los vecinos de Zaragoza que no ha dado ni un higo para el abastecimiento del ejército?
—Váyale usted con esos sermones á Candiola—repuso Luengo.—Ha dicho terminantemente que no volvamos por allá si no llevamos ciento veinticuatro reales por cada costal de harina, de sesenta y ocho que tiene en su almacén.
—¡Infamia igual!—exclamó Montoria soltando una serie de porras que no copio por no cansar al lector.—¡Con que á ciento veinticuatro reales! Es preciso hacer entender á ese avaro empedernido, cuáles son los deberes de un hijo de Zaragoza en estas circunstancias. El Capitán General me ha dado autoridad para apoderarme de los abastecimientos que sean necesarios, pagando por ellos la cantidad establecida.
—¿Pues sabe usted lo que dice, Sr. D. José de mis pecados?—indicó Busto.—Dice que el que quiera harina que la pague. Y que si la ciudad no se puede defender, que se rinda, y que él no tiene obligación de dar nada para la guerra, porque él no es quien la ha traído.
—Corramos allá—dijo Montoria lleno de enojo, que dejaba traducir en el gesto, en la alterada voz, en el semblante demudado y sombrío.—No es ésta la primera vez que le pongo la mano encima á ese canalla, lechuzo, chupador de sangre.