Yo iba detrás con Agustín, y observando á éste, le ví pálido y con la vista fija en el suelo. Quise hablarle; pero me hizo señas de que callara, y seguimos esperando á ver en qué pararía aquello. Pronto nos hallamos en la calle de Antón Trillo, y Montoria nos dijo:

—Muchachos, adelantaos: tocad á la puerta de ese insolente judío; echadla abajo si no os abren; entrad, y decidle que baje al punto y venga delante de mí: traedle de una oreja. Pero cuidado que no os muerda, que es perro con rabia y serpiente venenosa.

Cuando nos adelantamos, miré de nuevo á Agustín y le observé lívido y tembloroso.

—Gabriel—me dijo en voz baja,—yo quiero huir... yo quiero que se abra la tierra y me trague. Mi padre me matará; pero yo no puedo hacer lo que nos ha mandado.

—Ponte á mi lado, y haz como que se te ha torcido un pie y no puedes seguir,—le dije.

Y acto continuo los otros compañeros y yo empezamos á dar porrazos en la puerta. Asomóse al punto la vieja por la ventana, y nos dijo mil insolencias; transcurrió un breve rato, y después vimos que una mano muy hermosa levantaba la cortina, dejando ver momentáneamente una cara inmutada y pálida, cuyos grandes y vivos ojos negros dirigieron miradas de terror hacia la calle. En aquel momento, mis compañeros y los chiquillos que nos seguían gritaban en pavoroso concierto:

—¡Que baje el tío Candiola, que baje ese perro Caifás!

Contra lo que creímos, Candiola obedeció; mas lo hizo creyendo habérselas con el enjambre de muchachos vagabundos que solían darle tales serenatas, y sin sospechar que el presidente de la Junta de Abastos, con dos vocales de los más autorizados, estaban allí para hablar de un asunto de importancia. Pronto tuvo ocasión de dar en lo cierto, porque al abrir la puerta, y en el momento de salir, corriendo hacia nosotros con un palo en la mano, y centelleando de ira sus feos ojos, encaró con Montoria, y se detuvo amedrentado.

—¡Ah! es usted, Sr. de Montoria—- dijo con muy mal talante.—Siendo usted, como es, individuo de la Junta de Seguridad, ya podría mandar retirar á esa canalla que viene á hacer ruido en la puerta de la casa de un vecino honrado.