—No soy de la Junta de Seguridad—declaró Montoria,—sino de la de Abastos, y por eso vengo en busca del Sr. Candiola y le hago bajar; que no entro yo en esa casa obscura, llena de telarañas y ratones.
—Los pobres—repuso Candiola con desabrimiento,—no podemos tener palacios como el Sr. D. José Montoria, administrador de bienes del Común, y por largo tiempo contratista de arbitrios.
—Debo mi fortuna al trabajo, no á la usura—afirmó Montoria.—Pero acabemos, señor D. Jerónimo: vengo por esa harina... ya le habrán enterado á usted estos dos buenos religiosos.
—Sí: la vendo, la vendo—contestó Candiola con taimada sonrisa;—pero yo no la puedo dar al precio que indicaron esos señores. Es demasiado barato. No la doy menos de ciento sesenta y dos reales costal de á cuatro arrobas.
—Yo no pido precio,—dijo D. José conteniendo la indignación.
—La Junta podrá disponer de lo suyo; pero en mi hacienda no manda nadie más que yo—contestó el avaro,—y está dicho todo... Con que cada uno á su casa, que yo me meto en la mía.
—Ven acá, harto de sangre—exclamó Montoria asiéndole del brazo y obligándole á dar media vuelta con mucha presteza.—Ven acá, Candiola de mil demonios: he dicho que vengo por la harina, y no me iré sin ella. El ejército defensor de Zaragoza no se ha de morir de hambre, ¡reporra! y todos los vecinos han de contribuir á mantenerlo.
—¡A mantenerlo, á mantener soldados!—dijo el avariento rebosando veneno.—¿Acaso yo les he parido?
—¡Miserable tacaño! ¿No hay en tu alma negra y vacía ni tanto así de sentimiento patrio?
—Yo no mantengo vagabundos. Pues qué, ¿teníamos necesidad de que los franceses nos bombardearan, destruyendo la ciudad? ¡Maldita guerra! ¿Y quieren que yo les dé de comer? Veneno les daría.