—¡Canalla, sabandijo, polilla de Zaragoza, deshonra del pueblo español!—gritó mi protector amenazando con el puño la arrugada faz del avaro.—Más quisiera condenarme, ¡cuerno! quedándome por toda la eternidad en las llamas del Infierno, que ser lo que tú eres, que ser el tío Candiola por espacio de un minuto. Conciencia más negra que la noche, alma perversa, ¿no te avergüenzas de ser el único que en esta ciudad ha negado sus recursos al ejército libertador de la patria? El odio general que por esta vil conducta has merecido, ¿no pesa sobre tí más que si te hubieran echado encima todas las peñas del Moncayo?

—Basta de músicas y déjenme en paz,—repuso D. Jerónimo dirigiéndose hacia la puerta.

—Ven acá, reptil inmundo—gritó Montoria deteniéndole.—Te he dicho que no me voy sin la harina. Si no la das de grado, como todo buen español, la darás por fuerza, y te la pagaré á razón de cuarenta y ocho reales costal, que es el precio que tenía antes del sitio.

—¡Cuarenta y ocho reales!—exclamó Candiola con expresión rencorosa.—Mi pellejo daría por ese precio antes que la harina. La compré yo más cara. ¡Maldita tropa! ¿Me mantienen ellos á mí, Sr. de Montoria?

—Dales gracias, execrable usurero, porque no han puesto fin á tu vida inútil. La generosidad de este pueblo, ¿no te llama la atención? En el otro sitio, cuando pasábamos los mayores apuros por reunir dinero y efectos, tu corazón de piedra permaneció insensible, y no se te pudo arrancar ni una camisa vieja para cubrir la desnudez del pobre soldado, ni un pedazo de pan para matar su hambre. Zaragoza no ha olvidado tus infamias. ¿Recuerdas que, después de la acción del 4 de Agosto, se repartieron los heridos por la ciudad, y á tí te tocaron dos, que no lograron traspasar el umbral de esa puerta de la miseria? Yo me acuerdo bien: en la noche del 4 llegaron á tu puerta, y con sus débiles manos tocaron para que les abrieras. Sus ayes lastimeros no conmovían tu corazón de corcho: saliste á la puerta, y golpeándoles con el pie les lanzaste en medio de la calle, diciendo que tu casa no era un hospital. Indigno hijo de Zaragoza, ¿dónde tienes el alma, dónde tienes la conciencia? Pero tú no tienes alma ni eres hijo de Zaragoza, sino que naciste de un mallorquín con sangre de judío.

Los ojos de Candiola echaban chispas; temblábale la quijada, y con sus dedos convulsos apretaba en la mano derecha el palo que le servía de bastón.

—Sí, tú tienes sangre de judío mallorquín; tú no eres hijo de esta noble ciudad. Los lamentos de aquellos dos pobres heridos, ¿no resuenan todavía en tus orejas de murciélago? Uno de ellos, desangrado rápidamente, murió en este mismo sitio en que estamos. El otro, arrastrándose, pudo llegar hasta el Mercado, donde nos contó lo ocurrido. ¡Infame espantajo! ¿No te asombraste de que el pueblo zaragozano no te despedazara en la mañana del 5? Candiola, Candiolilla, dame la harina, y tengamos la fiesta en paz.

—Montoria, Montorilla—replicó el otro,—con mi hacienda y mi trabajo no engordarán los vagabundos holgazanes. !Ya! ¡Háblame á mí de caridad y de generosidad y de interés por los pobres soldados! Los que tanto hablan de esto son unos miserables gorrones que están comiendo á costa de la cosa pública. La Junta de Abastos no se reirá de mí. ¡Como si no supiéramos lo que significa toda esta música de los socorros para el ejército! Montoria, Montorilla, algo se queda en casa, ¿no es verdad? Buenas cochuras se harán en los hornos de algún patriota con la harina que dan los sandios bobalicones que la Junta conoce. ¡A cuarenta y ocho reales! ¡Lindo precio! ¡Luego, en las cuentas que se pasan al Capitán General se le pone como compradas á sesenta, diciendo que la Virgen del Pilar no quiere ser francesa!

D. José de Montoria, que ya estaba sofocado y nervioso, luego que oyó lo anterior, perdió los estribos, como vulgarmente se dice, y sin poder contener el primer impulso de su indignación, fuése derecho hacia el tío Candiola con apariencia de aporrearle la cara; mas éste, que sin duda con su perspicaz mirada preveía el movimiento y se había preparado á rechazarlo, tomó rápidamente la ofensiva, arrojándose con salto de gato sobre mi protector, y le echó ambas manos al cuello, clavándole en él sus dedos huesosos y fuertes, mientras apretaba los dientes con tanta violencia cual si tuviera entre ellos la persona entera de su enemigo. Hubo una brevísima lucha, en que Montoria trabajó por deshacerse de aquella zarpa felina que tan súbitamente le había hecho presa, y en un instante vióse que la fuerza nerviosa del avaro no podía nada contra la energía muscular del patriota aragonés. Sacudido con violencia por éste, Candiola cayó al suelo como un cuerpo muerto.