Oímos un grito de mujer en la ventana alta, y luego el chasquido de la celosía al cerrarse. En aquel momento de dramática ansiedad, busqué en torno mío á Agustín; pero había desaparecido.

D. José de Montoria, frenético de ira, pateaba con saña el cuerpo del caído, diciéndole al mismo tiempo con voz atropellada y balbuciente:

—Vil ladronzuelo, que te has enriquecido con la sangre de los pobres, ¿te atreves á llamarme ladrón, á llamar ladrones á los vocales de la Junta de Abastos? Con mil porras, yo te enseñaré á respetar á la gente honrada, y agradéceme que no te arranco esa miserable lenguaza para echarla á los perros.

Todos los circunstantes estábamos mudos de terror. Al fin sacamos al infeliz Candiola de debajo de los pies de su enemigo, y su primer movimiento fué saltar de nuevo sobre él; pero Montoria se había adelantado hacia la casa, gritando:

—Ea, muchachos, entrad en el almacén y sacad los sacos de harina. Pronto, despachemos pronto.

La mucha gente que se había reunido en la calle impidió al viejo Candiola entrar en su casa. Rodeándole al punto los chiquillos, que en gran número de las cercanías habían acudido, tomáronle por su cuenta. Unos le empujaban hacia adelante, otros hacia atrás; hacíanle trizas el vestido, y los más, tomando la ofensiva desde lejos, le arrojaban en grandes masas el lodo de la calle. En tanto, á los que penetramos en el piso bajo, que era el almacén, nos salió al encuentro una mujer, en quien al punto reconocí á la hermosa Mariquilla, toda demudada, temblorosa, vacilando á cada paso, sin poderse sostener ni hablar, porque el terror la paralizaba. Su miedo era inmenso, y á todos nos dió lástima cuando la vimos, incluso á Montoria.

—¿Es usted la hija del Sr. Candiola?—dijo éste sacando del bolsillo un puñado de monedas, y haciendo una breve cuenta en la pared con un pedazo de carbón que tomó del suelo.—Sesenta y ocho costales de harina á cuarenta y ocho reales, son tres mil doscientos sesenta y cuatro. No valen ni la mitad, y me dan mucho olor á húmedo. Tome usted, niña: aquí está la cantidad justa.

María Candiola no hizo movimiento alguno para tomar el dinero, y Montoria lo depositó sobre un cajón, diciendo:

—Ahí está.