—Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero ir allá esta noche?

—Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor mientras atraviesan el aire esos otros corazones inflamados que llaman bombas y que vienen á reventar dentro de las casas, matando medio pueblo.

En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día, continuaba en la noche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando caían algunos proyectiles, aumentando las víctimas que ya en gran número poblaban la ciudad.

—Iré allá esta noche—me contestó.—¿Me vería Mariquilla entre el gentío que tocó á las puertas de su casa? ¿Me confundiría con los que maltrataron á su padre?

—No lo creo: esa niña sabrá distinguir á las personas formales. Ya averiguarás eso más adelante, que ahora no está el horno para bollos. ¿Ves? De aquella casa piden socorro, y por aquí van unas pobres mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar y se arroja en el suelo. Es posible que la señorita Doña Mariquilla Candiola ande también socorriendo heridos en San Pablo ó en el Pilar.

—No lo creo.

—O quizá esté en la cartuchería.

—Tampoco lo creo. Estará en su casa, y allá quiero ir, Gabriel; ve tú al transporte de heridos, á la pólvora ó á donde quieras, que yo voy allá.

Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile ya en mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo, chapa y plumero, que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval.