—¿Van ustedes al acarreo de heridos?—nos dijo.—Ahora se nos murieron dos que llevábamos á San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van á enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado bastante, y voy á descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho. Antes bailaremos un poco. ¿Queréis venir?

—No: vamos á San Pablo—contesté,—y enterraremos muertos, pues todo es trabajar.

—Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Yo más quiero el pastel caliente que la epidemia, y una señora no me da miedo; pero el frío y la calentura, sí. Con que ¿vais á enterrar muertos?

—Sí—dijo Agustín.—Enterremos muertos.

—En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una capilla—añadió Pirli,—y al paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? Pues no vayáis á abrir la zanja, sino á la cartuchería, donde hay unas mozas... Todas las muchachas principales del pueblo están allí, y de cuando en cuando echan algo de canto y bailoteo para alegrar las almas.

—Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho?

—No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la Junta de Seguridad. Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se brindan á este servicio, y la que falta es mirada con tan malos ojos, que no encontrará novio con quien casarse en todo este año ni en el que viene.

Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria, el cual, al vernos, muy encolerizado nos dijo:

—¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante, caballeritos. ¿Veis aquellos dos palos que hay junto á la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, ó á puñetazos os enseñaré á mover el cuerpo.

Seguimos tras ellos, y pasamos junto á la horca, cuyos seis dogales se balanceaban majestuosamente á impulso del viento, esperando gargantas de traidores ó cobardes.