Montoria, cogiendo á su hijo por un brazo, mostróle con enérgico ademán el horrible aparato, y le habló así:

—Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde: ¡mira qué buen regalo para los que no cumplen con su deber! Adelante: yo, que soy viejo, no me canso jamás, y vosotros, jóvenes llenos de salud, parecéis de manteca. Ya se acabó aquella gente invencible del primer sitio. Señores, nosotros los viejos demos ejemplo á estos pisaverdes, que desde que llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan á pedir caldo. Caldo de pólvora os daría yo, y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes! Ea, adelante, que hace falta enterrar muertos y llevar cartuchos á las murallas.

—Y asistir á los enfermos de esta condenada epidemia que se está desarrollando,—dijo uno de los que acompañaban á Montoria.

—Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, señores, puro miedo—añadió D. José,—porque eso de quedarse uno frío, y entrarle calambres y calentura, y ponerse verde y morirse, ¿qué es sino efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada, sí, señores: ¡qué gente aquélla la del primer sitio! Ahora, en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas, ¡una friolera! ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre que sólo por perder pierna y media se acobarda, y empieza á llamar á gritos á los Santos Mártires diciendo que lo lleven á la cama. ¡Nada, cobardía y pura cobardía! Como que hoy se retiraron de la batería de Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos que conservaban un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo... ¡Que se chupen su propia sangre, que es el mejor caldo del mundo! Cuando digo que se acabó la gente de pecho, aquella gente, ¡porra, mil porras!

—Mañana atacarán los franceses las Tenerías—dijo otro.—Si resultan muchos heridos, no sé dónde les vamos á colocar.

—¡Heridos!—exclamó Montoria.—Aquí no se quieren los heridos. Los muertos no estorban, porque se hace con ellos un montón, y... pero los heridos... Como la gente no tiene ya aquel arrojo, pues... apuesto á que defenderán las posiciones mientras no se vean reducidos á la décima parte; pero las abandonarán desde que encima de cada uno se echen un par de docenas de franceses... ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Dios quiera, y pues hay heridos y enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha recogido hoy mucha gallina?

—Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y las demás se han pagado á seis reales y medio. Algunos no las quieren dar.

—Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días! Han dicho ustedes que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor Capitán General me ha autorizado para imponer multas á los que no contribuyan á la defensa, y sin ruido ni violencia arreglaremos á los tibios y á los traidores... Alto, señores. Una bomba cae por las inmediaciones de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto á que la Divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha dirigido contra el hogar de ese judío empedernido y sin alma que ve con indiferencia y hasta con desprecio las desgracias de sus convecinos. Corre la gente hacia allá; parece que arde una casa, ó que se ha desplomado... No, no corráis, infelices: dejadla que arda; dejadla que caiga al suelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no daría una peseta por salvar al género humano de un nuevo diluvio... Eh, Agustín, ¿á dónde vas? ¿Tú también corres hacia allá? Ven acá y sígueme, que hacemos más falta en otra parte.

Ibamos por junto á la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un movimiento de su corazón, tomó á toda prisa la dirección de la plazuela de San Felipe siguiendo á la mucha gente que hacia este sitio corría; pero detenido enérgicamente por su padre, continuó, mal de su grado, en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva, y en ésta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos.