Llegamos á San Pablo.

—Ea, muchachos, haraganes—nos dijo Don José,—ayudad á los que abren esta zanja. Que sea holgadita, crecederita: es un traje con que van á vestirse cuarenta cuerpos.

Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y á cada instante volvía sus ojos á la Torre Nueva.

—Es un incendio terrible—me dijo.—Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.

—No haya prisa—le respondí,—que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que dejarse de tonterías, y á trabajar.

—¿No ves? Creo que se extingue el fuego.

—Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habráse encerrado en el sótano con su dinero, y allí no llegará el fuego.

—Gabriel, voy un momento allá: quiero ver si ha sido su casa. Si sale mi padre de la iglesia, le dirás que... vuelvo en seguida.

La repentina salida de D. José Montoria impidió á Agustín la fuga que proyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron á sacar cuerpos, y los heridos ó enfermos, que eran traídos á cada instante, veían el cómodo lecho que se les estaba preparando, quizás para el día siguiente. Al fin se creyó que la zanja era bastante honda, y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuo fueron traídos uno á uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos, y no faltaba sino echar la tierra encima. D. José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado, y luego nuestras palas y azadas empezaron á cubrir la tumba á toda prisa. Concluída nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín Montoria me decía al oído: