Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin atender razones, insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal amorosa, aguardando con la mayor ansiedad que fuera contestada. Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de mucho mirar y remirar desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimos luego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y éste se abrió sin rechinar, pues sin duda el amor había tenido la precaución de engrasar sus viejos goznes. Los dos entramos, topando de manos á boca, no con la deslumbradora hermosura de una perfumada y voluptuosa doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al punto reconocí á Doña Guedita.

—¡Vaya unas horas de venir!—dijo gruñendo;—y viene con otro. Caballeritos, hagan el favor de no meter ruido. Anden sobre las puntas de los pies, y cuiden de no tropezar ni con una hoja seca, que el señor me parece que está despierto.

Esto nos lo dijo en voz tan baja, que apenas lo entendimos; y luego marchó adelante haciendo señas de que la siguiéramos, y poniendo el dedo en los labios para intimarnos un silencio absoluto. La huerta era pequeña: pronto le dimos fin, tropezando con una escalerilla de piedra que conducía á la entrada de la casa, y no habíamos subido seis escalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada en una manta, capa ó cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fué imponernos silencio, y luego miró con inquietud una ventana lateral que también á la huerta caía. Después mostró sorpresa al ver que Agustín iba acompañado; pero éste supo tranquilizarla diciendo:

—Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído hablar tantas veces.

—Habla más bajo—dijo María.—Mi padre salió hace poco de su cuarto con una linterna y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme aún. La noche está obscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés, y hablemos en voz muy baja.

La escalera de piedra conducía á una especie de corredor ó balcón con antepecho de madera. En el extremo de este corredor, un ciprés corpulento plantado en la huerta, proyectaba gran masa de sombra, formando allí una especie de refugio contra la claridad de la luna. Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado, y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la casa y nuestros cuerpos. Al amparo de la sombra del ciprés sentóse Mariquilla en la única silla que allí había; púsose Montoria en el suelo y junto á ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yo sentéme también sobre el piso no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como de Enero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en el amoroso rescoldo de sus corazones, no sentían la baja temperatura; pero yo, criatura ajena á sus incendios, me envolví en mi capote, para resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Guedita había desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego el punto difícil.

—Esta mañana te ví en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el ruido de mucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé á la ventana, y te ví en la acera de enfrente.

—Es verdad—respondió Montoria con turbación.—Allá fuí; pero tuve que marcharme al instante, porque se me acababa la licencia.

—¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron á mi padre?—dijo Mariquilla conmovida.—Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré á todos lados, esperando que tú saldrías en su defensa; pero ya no te ví por ninguna parte.

—Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón—repuso Agustín,—es que tuve que marcharme antes... Después me dijeron que tu padre había sido maltratado, ¡y me dió un coraje!... Quise venir.