—¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas—añadió Candiola llorando,—ni una, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me moría de miedo aquí arriba, viéndole en peligro. Miramos con ansiedad á la calle. Nada: no había más que enemigos... Ni una mano generosa, ni una voz caritativa. Entre todos aquellos hombres, uno más cruel que todos arrojó á mi padre en el suelo... ¡Oh! Recordando esto, no sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por momentos paralizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera, aquel fuego interior, aquel impulso repentino, que me hizo correr de aposento en aposento buscando... Mi pobre padre yacía en el suelo, y el miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso. Viendo esto, yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí por la habitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier cosa. No encontré nada... Desde lo interior, oí lamentos de mi padre, y sin esperar más bajé á la calle. Al verme en el almacén entre tantos hombres, sentí de nuevo invencible terror, y no podía dar un paso. El mismo que le había maltratado, me alargó un puñado de monedas de oro. No las quise tomar; pero luego se las arrojé á la cara con fuerza. Me parecía tener en la mano un puñado de rayos, y que vengaba á mi padre lanzándolos contra aquellos viles. Salí después, miré otra vez á todos lados buscándote; pero nada ví. Sólo entre la turba inhumana, mi padre se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia.

—¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón—exclamó Agustín con dolor, besando las manos de la desgraciada hija del avaro,—no hables más de ese asunto, que me destrozas el alma. Yo no podía defenderle... tuve que marcharme... no sabía nada... creí que aquella gente se reunía con otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asunto que me lástima, me ofende y me causa inmensa pena.

—Si hubieras salido á la defensa de mi padre, éste te hubiera mostrado gratitud. De la gratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa...

—Tu padre es incapaz de amar á nadie—respondió Montoria.—No esperes que consigamos nada por ese camino. Confiemos en llegar al cumplimiento de nuestro deseo por caminos desconocidos, con la ayuda de Dios y cuando menos lo parezca. No pensemos en lo ordinario ni en lo que tenemos delante, porque todo lo que nos rodea está lleno de peligros, de obstáculos, de imposibilidades; pensemos en algo imprevisto, en algún medio superior y divino, y llenos de fe en Dios y en el poder de nuestro amor, aguardemos el milagro que nos ha de unir, porque será un milagro, María, un prodigio como los que cuentan de otros tiempos y nos resistimos á creer.

—¡Un milagro!—exclamó María con melancólica estupefacción.—Es verdad. Tú eres un caballero principal, hijo de personas que jamás consentirían verte casado con la hija del Sr. Candiola. Mi padre es aborrecido en toda la ciudad. Todos huyen de nosotros, nadie nos visita; si salgo, me señalan, me miran con insolencia y desprecio. Las muchachas de mi edad no gustan de alternar conmigo, y los jóvenes del pueblo que recorren de noche la ciudad cantando músicas amorosas al pie de las rejas de sus novias, vienen junto á las mías á decir insultos contra mi padre, llamándome á mí misma con los nombres más feos. ¡Oh! ¡Dios mío! Comprendo que ha de ser preciso un milagro para que yo sea feliz... Agustín, nos conocemos hace cuatro meses y aún no has querido decirme el nombre de tus padres. Sin duda no serán tan odiados como el mío. ¿Por qué lo ocultas? Si fuera preciso que nuestro amor se hiciera público, te apartarías de las miradas de tus amigos, huyendo con horror de la hija del tío Candiola.

—¡Oh! No, no digas eso—exclamó Agustín abrazando las rodillas de Mariquilla y ocultando el rostro en su regazo.—No digas que me avergüenzo de quererte, porque al decirlo insultas á Dios. No es verdad. Hoy nuestro amor permanece en secreto, porque es necesario que así pase; pero cuando sea preciso descubrirlo, lo descubriré arrostrando la cólera de mi padre. Sí, María: mis padres me maldecirán, arrojándome de su casa. Hace pocas noches me dijiste, mirando ese monumento que desde aquí se descubre: «Cuando esa torre se ponga derecha dejaré de quererte.» Yo te juro que la firmeza de mi amor excede á la inmovilidad, al grandioso equilibrio de esa torre, que podrá caer al suelo, pero jamás ponerse á plomo sobre la base que la sustenta. Las obras de los hombres son variables: las de la Naturaleza son inmutables, y descansan eternamente sobre su inmortal asiento. ¿Has visto el Moncayo, esa gran peña que, escalonada con otras muchas, se divisa hacia Poniente, mirando desde el arrabal? Pues cuando el Moncayo se canse de estar en aquel sitio y se mueva, y venga andando hasta Zaragoza, y ponga uno de sus pies sobre nuestra ciudad reduciéndola á polvo, entonces, sólo entonces dejaré de quererte.

De este modo hiperbólico y con este naturalismo poético expresaba mi amigo su grande amor, correspondiendo y halagando así la imaginación de la hermosa Candiola, que propendía con impulso ingénito al mismo sistema. Callaron ambos un momento, y luego los dos, mejor dicho, los tres proferimos una exclamación y miramos á la torre, cuya campana había lanzado al viento dos toques de alarma. En el mismo instante un globo de fuego surcó el negro espacio, describiendo rápidas oscilaciones.

—¡Una bomba! ¡Es una bomba!—exclamó María con pavor, arrojándose en brazos de su amigo.

La espantosa luz pasó velozmente por encima de nuestras cabezas, por encima de la huerta y de la casa, iluminando á su paso la torre, los techos vecinos, hasta el rincón donde nos escondíamos. Luego sintióse el estallido. La campana empezó á clamar, uniéndose á su grito el de otras más ó menos lejanas, agudas, graves, chillonas, cascadas, y oímos el tropel de la gente que corría por las inmediatas calles.

—Esa bomba no nos matará—dijo Agustín tranquilizando á su novia.—¿Tienes miedo?