—¡Mucho, muchísimo miedo!—respondió ésta,—aunque á veces me parece que tengo mucho, muchísimo valor. Paso las noches rezando y pidiéndole á Dios que aparte de mi casa el fuego. Hasta ahora ninguna desgracia nos ha ocurrido, ni en éste ni en el otro sitio. Pero ¡cuántos infelices han perecido, cuántas casas de personas honradas y que nunca hicieron mal á nadie han sido destruídas por las llamas! Yo deseo ardientemente ir como los demás á socorrer á los heridos; pero mi padre me lo prohibe, y se enfada conmigo siempre que se lo propongo.

Esto decía, cuando en el interior de la casa sentimos ruido vago y lejano en que se confundía con la voz de la señora Guedita la desapacible del tío Candiola. Los tres, obedeciendo á un mismo pensamiento, nos estrechamos en el rincón y contuvimos el aliento, temiendo ser sorprendidos. Luego sentimos más cerca la voz del avaro que decía:

—¿Qué hace usted levantada á estas horas, señora Guedita?

—Señor—contestó la vieja asomándose por una ventana que daba al corredor,—¿quién puede dormir con ese horroroso bombardeo? Si á lo mejor se nos mete aquí una señora bomba y nos coge en la cama y en paños menores, y vienen los vecinos á sacar los trastos y apagar el fuego... ¡Oh, qué falta de pudor! No pienso desnudarme mientras dure este endemoniado bombardeo.

—Y mi hija, ¿duerme?—preguntó Candiola, que al decir esto se asomaba por un ventanillo al otro extremo de la huerta.

—Arriba está durmiendo como una marmota—repuso la dueña.—Bien dicen que para la inocencia no hay peligros. A la niña no le asusta una bomba más que un cohete.

—¡Si desde aquí se divisara el punto donde ha caído ese proyectil!—dijo Candiola alargando su cuerpo fuera de la ventana para poder extender la vista por sobre los tejados vecinos, más bajos que el de su casa.—Se ve claridad como de incendio; pero no puedo decir si es cerca ó lejos.

—O yo no entiendo nada de bombas—dijo Guedita desde el corredor,—ó ésta ha caído allá por el Mercado.

—Así parece. Si cayeran todas en las casas de los que sostienen la defensa, y se empeñan en no acabar de una vez tantos desastres... ¡Si no me engaño, señora Guedita, el fuego luce hacia la calle de la Tripería. ¿No están por allá los almacenes de la Junta de Abastos? ¡Ah! ¡Bendita bomba, que no cayera en la calle de la Hilarza y en la casa del malvado y miserable ladrón!... Señora Guedita, estoy por salir á la calle á ver si el regalo ha caído en la calle de la Hilarza, en la casa del orgulloso, del entrometido, del canalla, del asesino D. José de Montoria. Se lo he pedido con tanto fervor esta noche á la Virgen del Pilar, á las Santas Másas y á Santo Domingo del Val, que al fin creo que me han oído.

—Sr. D. Jerónimo—dijo la vieja,—déjese de correrías, que el frío de la noche traspasa, y no vale la pena de coger una pulmonía por ver dónde paró la bomba, que harto tenemos ya con saber que no se nos ha metido en casa. Si la que pasó no ha caído en casa de ese bárbaro sayón, otra caerá mañana, pues los franceses tienen buena mano. Con que acuéstese su merced, que yo me quedo rondando la casa, por si ocurriese algo.