—María, ¿por qué callas? Dí algo.
—¿Por qué callas tú, Agustín?
—¿En qué piensas?
—¿En qué piensas tú?
—Pienso—dijo el mancebo,—en que Dios nos protegerá. Cuando concluya el sitio nos casaremos. Si tú te vas de Zaragoza, yo iré contigo á donde tú te vayas. ¿Tu padre te ha hablado alguna vez de casarte con alguien?
—Nunca.
—No impedirá que te cases conmigo. Yo sé que los míos se opondrán; pero mi voluntad es irrevocable. No comprendo la vida sin tí, y perdiéndote no existiría. Eres la suprema necesidad de mi alma, que sin tí sería como el universo sin luz. Ninguna fuerza humana nos apartará mientras tú me ames. Esta convicción está tan arraigada dentro de mí, que si alguna vez pienso que nos hemos de separar en vida para siempre, se me representa esto como un trastorno en la naturaleza. ¡Yo sin tí! Esto me parece la mayor de las aberraciones. ¡Yo sin tí! ¡Qué delirio y qué absurdo! Es como el mar en la cumbre de las montañas, y la nieve en las profundidades del Océano vacío; como los ríos corriendo por el cielo, y los astros hechos polvo de fuego en las llanuras de la tierra; como si los árboles hablaran, y el hombre viviera entre los metales, y las piedras preciosas en las entrañas de la tierra. Yo me acobardo á veces, y tiemblo pensando en las contrariedades que nos abruman; pero la confianza que ilumina mi espíritu, como la fe de las cosas santas, me reanima. Si por momentos temo la muerte, después una voz secreta me dice que no moriré mientras tú vivas. ¿Ves todo este estrago del sitio que soportamos? ¿Ves cómo llueven bombas, granadas y balas, y cómo caen para no levantarse más infinitos compañeros míos? Pues pasada la primera impresión de miedo, nada de esto me hace estremecer, y creo que la Virgen del Pilar aparta de mí la muerte. Tu sensibilidad te tiene en comunicación constante con los ángeles del Cielo: tú eres un ángel del Cielo, y el amarte, el ser amado por tí, me da un poder divino contra el cual nada pueden las fuerzas del hombre.
Así habló largo rato Agustín, desbordándose de su llena fantasía los pensamientos de la amorosa superstición que le dominaba.
—Pues yo—dijo Mariquilla,—también tengo cierta confianza en lo mismo que has dicho. Temo mucho que te maten; pero no sé qué voces me suenan en el fondo de mi alma, diciéndome que no te matarán. ¿Será porque he rezado mucho pidiendo á Dios conserve tu vida en medio de este horroroso fuego? No lo sé. Por las noches, como me acuesto pensando en las bombas que han caído, en las que caen y en las que caerán, sueño con las batallas y no ceso de oir el zumbido de los cañones. Deliro mucho, y Guedita, que duerme junto á mí, asegura que hablo en sueños, diciendo mil desatinos. Seguramente diré alguna cosa, porque no ceso de soñar, y te veo en la muralla y hablo contigo y me respondes. Las balas no te tocan, y me parece que es por el Padrenuestro que rezo despierta y dormida. Hace pocas noches, soñé que iba á curar á los heridos con otras muchachas, y que les poníamos buenos en el acto, casi resucitándoles con nuestras hilas. También soñé que de vuelta á casa te encontré aquí: estabas con tu padre, que era un viejecito muy amable y risueño, y hablaba con el mío, sentados ambos en el sofá de la sala, y los dos parecían muy amigos. Después soñé que tu padre me miraba sonriendo, y empezó á hacerme preguntas.