Otras veces sueño cosas tristes. Cuando despierto, pongo atención, y si no siento el ruido del bombardeo, digo: «Puede que los franceses hayan levantado el sitio.» Si oigo cañonazos, miro á la imagen de la Virgen del Pilar, que está en mi cuarto; le pregunto con el pensamiento, y me contesta que no has muerto, sin que yo pueda decir qué signo emplea para responderme. Paso el día pensando en las murallas, y me pongo en la ventana para oir lo que dicen los mozos al pasar por la calle. Algunas veces siento tentaciones de preguntarles si te han visto... Llega la noche, te veo y me quedo tan contenta. Al día siguiente, Guedita y yo nos ocupamos en preparar alguna cosa de comer á escondidas de mi padre: si vale la pena, te la guardamos á tí, y si no, se la lleva para los heridos y enfermos ese frailito que llaman el Padre Busto, el cual viene por las tardes con pretexto de visitar á Doña Guedita, de quien es pariente. Nosotros le preguntamos que cómo va la cosa, y él nos dice: «Perfectamente. Las tropas están haciendo grandes proezas, y los franceses tendrán que retirarse como la otra vez.» Estas noticias de que todo va bien nos vuelven locas de gozo. El ruido de las bombas nos entristece después; pero rezando recobramos la tranquilidad. A solas en nuestro cuarto, de noche, hacemos hilas y vendas, que se lleva también á escondidas el Padre Busto, como si fueran objetos robados; y al sentir los pasos de mi padre, lo guardamos todo con precipitación y apagamos la luz, porque si descubre lo que estamos haciendo se pone furioso.
Contando sus sustos y sus alegrías con divina sencillez, Mariquilla estaba risueña y algo festiva. El encanto especial de su voz no es descriptible, y sus palabras, semejantes á una vibración de notas cristalinas, dejaban eco armonioso en el alma. Cuando concluyó, el primer resplandor de la aurora empezaba á alumbrar su semblante.
—Despunta el día, Mariquilla—dijo Agustín,—y tenemos que marcharnos. Hoy vamos á defender las Tenerías; hoy habrá un fuego horroroso, y morirán muchos; pero la Virgen del Pilar nos amparará y podremos gozar de la victoria. María, Mariquilla, no me tocarán las balas.
—No te vayas todavía—repuso la hija de Candiola.—Despunta el día; pero aún no hacéis falta en la muralla.
Sonó la campana de la torre.
—Mira qué pájaros cruzan el espacio anunciando la aurora,—dijo Agustín con amarga ironía.
Una, dos, tres bombas atravesaron el cielo, débilmente aclarado todavía.
—¡Qué miedo!—exclamó María dejándose abrazar por Montoria.—¿Nos preservará Dios hoy como nos ha preservado ayer?
—¡A la muralla!—exclamé yo levantándome á toda prisa.—¿No oyes que tocan á llamada las campanas y tambores? ¡A la muralla!
Mariquilla, poseída de un pánico imposible de pintar, lloraba queriendo detener á Montoria. Yo, resuelto á partir, pugnaba por llevármele.