Estruendo de tambores y campanas sonaba en la ciudad convocando á las armas, y si en el instante mismo no acudíamos á las filas, corríamos riesgo de ser arcabuceados ó tenidos por cobardes.

—Me voy, me voy, María—dijo mi amigo con profunda emoción.—¿Temes al fuego? No: esta casa sagrada, porque tú la habitas, será respetada por el fuego enemigo, y la crueldad de tu padre no la castigará Dios en tu santa cabeza. Adiós.

Apareció bruscamente Doña Guedita, diciendo que su amo se estaba levantando á toda prisa. Entonces la misma María nos empujó hacia lo bajo de la huerta, ordenándonos que saliéramos al instante. Agustín estaba traspasado de pena, y en la puerta hizo movimientos de perplejidad, y dió algunos pasos para volver al lado de la infeliz Candiolilla, que muerta de miedo, derramando lágrimas y con las manos cruzadas en disposición de orar, nos miraba partir, aún envuelta en la sombra del ciprés que nos había dado abrigo.

En el momento en que abríamos la puerta, oyóse un grito en la parte superior de la casa, y vimos al tío Candiola que, saliendo á medio vestir, se dirigía hacia nosotros en actitud amenazadora. Quiso Agustín volver atrás; pero le empuje hacia afuera y salimos.

—¡Al momento á las filas! ¡A las filas!—exclamé.—Nos echarán de menos, Agustín. Deja por ahora á tu futuro suegro que se entienda con tu futura esposa.

Y velozmente corrimos hasta dar en el Coso, donde observamos el sinnúmero de bombas arrojadas sobre la infeliz ciudad. Todos acudían con presteza á distintos sitios, cuál á las Tenerías, cuál al Portillo, cuál á Santa Engracia ó á Trinitarios. Al llegar al arco de Cineja, tropezamos con D. José Montoria, que, seguido de sus amigos, corría hacia el Almudí. En el mismo instante, un terrible estampido, resonando á nuestra espalda, nos anunció que un proyectil enemigo había caído en paraje cercano. Agustín, al oir esto, volvió hacia atrás, disponiéndose á tornar al punto de donde veníamos.

—¿A dónde vas? ¡porra!—le dijo su padre deteniéndole.—A las Tenerías, pronto, á las Tenerías.

La gente que iba y venía supo al instante el lugar del desastre, y oímos decir:

—Tres bombas han caído juntas en casa del tío Candiola.

—Los ángeles del cielo apuntaron sin duda los morteros—exclamó D. José de Montoria con estrepitosa carcajada.—Veremos cómo se las compone ese judío mallorquín, si es que ha quedado vivo, para poner en lugar seguro su dinero.