—Corramos á salvar á esos desgraciados,—dijo Agustín con vehemencia.
—¡A las filas, cobardes!—exclamó el padre, sujetándole con férrea mano.—Esa es obra de mujeres. Los hombres á morir en la brecha.
Era preciso acudir á nuestros puestos, y fuimos, mejor dicho, nos llevaron, nos arrastró la impetuosa oleada de gente que corría á defender el barrio de las Tenerías.
[XVII]
Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon con bala rasa sobre la débil tapia de las Mónicas, y sobre las fortificaciones de tierra y ladrillo del molino de aceite y de la batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que tomaron el día anterior, después de ser abandonado ó incendiado por los nuestros.
Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo ordenándose para asaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle de Pabostre, cuya pared había sido en toda su extensión aspillerada. Muchos paisanos y compañías de varios regimientos aguardaban en la cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de una muerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance.
Pasaron largas horas: apuraron los franceses los recursos de su artillería por ver si nos aterraban, obligándonos á dejar el barrio; pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso sacudimiento, y aquella gente heróica, que apenas se había desayunado con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla, diciéndoles que se acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha avanzaron fuertes columnas sostenidas con otras á retaguardia, y se vió que la intención de los franceses era apoderarse á todo trance de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos centenares de locos, y tomarla á cualquier precio, arrojando sobre ella masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de la muerta.
No se diga, para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés luchaba á pecho descubierto; los defensores también lo hacían, y detrás de la desbaratada cortina, no podía guarecerse una cabeza. Allí era de ver cómo chocaban las masas de hombres, y cómo las bayonetas se cebaban con saña, más propia de fieras que de hombres, en los cuerpos enemigos. Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndoles caer materialmente en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los escombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían á las anteriores, y en los que llegaban después, á los esfuerzos del valor se unían ferozmente las brutalidades de la venganza.