Por nuestra parte, el número de bajas era enorme: los hombres quedaban por docenas estrellados contra el suelo en aquella línea que había sido muralla, y ya no era sino una aglomeración informe de tierra, ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría sido abandonar unas posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites infinitos, desconocidos para el cálculo científico y para el valor ordinario, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio aragonés, que nunca se sabe á dónde llega.
Siguió, pues, la resistencia, sustituyendo los vivos á los muertos con entereza sublime. Morir era un accidente, un detalle trivial, un tropiezo del cual no debía hacerse caso.
Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban de apoderarse de la casa de González, que he mencionado arriba; pero desde las casas inmediatas y desde los cubos de la muralla se les hizo fuego tan terrible de fusilería y cañón, que desistieron de su intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya, por nuestra derecha hacia la huerta de Campo-Real y baterías de los Mártires, y la inmensa fuerza desplegada por los sitiadores á una misma hora y en una línea de poca extensión, no podía menos de producir resultados.
Desde la casa de la calle de Pabostre, inmediata al Molino de la Ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto, cuando he aquí que las baterías de San José, antes ocupadas en demoler la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas de los tapiales estallaban, destrozándose en mil astillas; en suma, que la casa se venía abajo.
—¡Cuerno, recuerno!—exclamó el tío Garcés.—¡Que se nos viene la casa encima!
El humo y el polvo no nos permitían ver lo que pasaba fuera, ni tampoco lo que dentro ocurría.
—¡A la calle, á la calle!—gritó Pirli, arrojándose por una ventana.
—Agustín, Agustín, ¿dónde estás?—grité yo llamando á mi amigo.
Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para bajar, corrí á la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció á mis ojos obligóme á retroceder sin aliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban por la derecha sepultarnos entre los escombros de la casa y parecían conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia la era de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas, rematando á los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles de matar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los callejones cercanos se les hacía un fuego horroroso, y los cañones de la calle de la Diezma sustituían á los de la batería vencida. Pero asaltada la brecha, se aseguraban en la muralla. Era imposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.
Huí de la ventana hacia adentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles: el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior siguiendo á otros que decían: «¡por aquí, por aquí!»