—Agustín, Agustín,—grité de nuevo llamando á mi amigo.

Por fin le ví entre los que corríamos pasando de una habitación á otra, y subiendo la escalerilla que conducía á un desván.

—¿Estás vivo?—le pregunté.

—No lo sé—me dijo,—ni me importa saberlo.

En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando á otra estancia, hallamos una empinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida á la calle, y otros detuviéronse allí.

Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que entraba por una ventana abierta á la calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos ó tres cofres viejos y forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer colgada de clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde aspecto, aún con las sábanas revueltas. En la ventana había tres grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, y suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar al campo de batalla.

—¡Manuela Sancho—exclamé poniendo la mano sobre el hombro de la heróica muchacha,—toda resistencia es inútil! Retirémonos. La casa inmediata es destruída por las baterías de San José, y en el techo de ésta empiezan á caer las balas. Vámonos.

Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era débil como la vecina, y aún menos que ésta podía resistir al choque de los proyectiles, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara la tierra en que arraigaban sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el fusil. Ella y la mujer que le acompañaba penetraron precipitadamente en una inmediata alcoba, de cuyo obscuro recinto sentí salir angustiosas lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban á una anciana tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho.

—Madre, esto no es nada—le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que encontró á mano.—Vámonos á la calle, que la casa parece que se quiere caer.

La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargando á ellas que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este modo pasamos á un patio, que nos dió salida á otra calle, donde aún no había llegado el fuego.