—Entonces, Sr. de Candiola—le dije tomándole resueltamente por un brazo para llevarle fuera,—si las peluconas están seguras, ¿á qué viene el estar aquí de centinela? Vámonos.
—¿Cómo se entiende, señor entrometido?—gritó desasiéndose con fuerza.—Vaya usted noramala, y déjeme en paz. ¿Cómo quiere usted que abandone mi casa, cuando las autoridades de Zaragoza no mandan un piquete de tropa á custodiarla? Pues qué, ¿cree usted que mi casa no está llena de objetos de valor? ¿Ni cómo quiere que me marche de aquí sin sacarlos? ¿No ve usted que el piso bajo está seguro? Pues quitando esta reja, se entrará fácilmente, y todo puede sacarse. Si me aparto de aquí un solo momento, vendrán los rateros, los granujas de la vecindad, y ¡ay de mi hacienda, ay del fruto de mi trabajo, ay de los utensilios que representan cuarenta años de laboriosidad incesante! Mire usted, señor militar, en la mesa de mi cuarto hay una palmatoria de cobre, que pesa lo menos tres libras. Es preciso salvarla á toda costa. Si la Junta mandara aquí, como es su deber, una compañía de ingenieros...
»Pues también hay una vajilla que está en el armario del comedor, y que debe de permanecer intacta. Entrando con cuidado y apuntalando el techo, se la puede salvar. ¡Oh! sí: es preciso salvar esa desgraciada vajilla. No es esto solo, señor militar, señores. En una caja de lata tengo los recibos: espero salvarlos. También hay un cofre donde guardo dos casacas antiguas, algunas medias y tres sombreros. Todo esto está aquí abajo y no ha padecido deterioro. Lo que se pierde irremisiblemente es el ajuar de mi hija. Sus trajes, sus alfileres, sus pañuelos, sus frascos de agua de olor podrían valer un dineral si se vendieran ahora. ¡Cómo se habrá destrozado todo! ¡Jesús, qué dolor! Verdad es que Dios quiso castigar el pecado de mi hija, y las bombas se fueron á los frascos de agua de olor. Pero en mi cuarto quedó sobre la cama mi chupa, en cuyo bolsillo hay siete reales y diez cuartos. ¡Y no tener yo aquí veinte hombres con piquetas y azadas!... ¡Dios justo y misericordioso! ¿En qué están pensando las autoridades de Zaragoza?... El candil de dos mecheros estará intacto. ¡Oh, Dios! Es la mejor pieza que ha llevado aceite en el mundo. Le encontraremos por ahí, levantando con cuidado los escombros del cuarto de la esquina. Tráiganme una cuadrilla de trabajadores, y verán qué pronto despacho... ¿Cómo quieren que me aparte de aquí? Si me aparto, si duermo un instante, vendrán los ladrones... sí... ¡vendrán y se llevarán la palmatoria!
La tenacidad del avaro era tal, que resolví marcharme sin él, dejándole entregado á su delirante inquietud. Llegó á toda prisa Doña Guedita, trayendo una piqueta y una azada, juntamente con un canastillo en que ví algunas provisiones.
—Señor—dijo sentándose fatigada y sin aliento.—Aquí está la piqueta y el azadón que me ha dado mi sobrino. Ya no hacen falta, porque no se trabajará más en fortificaciones... Aquí están estas pasas medio podridas, y algunos mendrugos de pan.
La dueña comía con avidez. No así Candiola, que, despreciando la comida, cogió la piqueta, y resueltamente empezó á desquiciar la reja. Trabajando con ardiente actividad, decía:
—Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme, Doña Guedita, entre usted y yo lo haremos todo. Coja usted la azada y prepárese á levantar el cascajo. Mucho cuidado con las vigas, que todavía humean. Mucho cuidado con los clavos.
Luego, volviéndose á mí, que fijaba la atención en las señas de inteligencia hechas por el ama de llaves, me dijo:
—¡Eh! Vaya usted noramala. ¿Qué tiene usted que hacer en mi casa? ¡Fuera de aquí! Ya sabemos que viene á ver si puede pescar alguna cosa. Aquí no hay nada. Todo se ha quemado.
No había, pues, esperanza de llevarle á las Tenerías para tranquilizar á la pobre Mariquilla, por lo cual, no pudiendo detenerme más, me retiré. Amo y criada proseguían con gran ardor su trabajo.