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Dormí desde las tres al amanecer, y por la mañana oímos misa en el Coso. En el gran balcón de la casa llamada de las Monas, hacia la entrada de la calle de las Escuelas Pías, ponían todos los domingos un altar y allí se celebraba el oficio divino, pudiéndose ver el sacerdote, por la situación de aquel edificio, desde cualquier punto del Coso. Semejante espectáculo era muy conmovedor, sobre todo en el momento de alzar, y cuando, puestos todos de rodillas, se oía un sordo murmullo de extremo á extremo.

Poco después de terminada la misa, advertí que venía como del Mercado un gran grupo de gente alborotada y gritona. Entre la multitud, algunos frailes pugnaban por apaciguarla; pero ella, sorda á las voces de la razón, más rugía á cada paso, y en su marcha arrastraba una víctima sin que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos. Detúvose el pueblo irritado junto á la subida del Trenque, donde estaba la horca, y al poco rato uno de los dogales de ésta suspendió el cuerpo convulso de un hombre, que se sacudió en el aire hasta quedar exánime. Sobre el madero apareció bien pronto un cartel que decía: Por asesino del género humano, á causa de haber ocultado veinte mil camas.

Era aquel infeliz un D. Fernando Estallo, guarda-almacén de la Casa-utensilios. Cuando los enfermos y los heridos espiraban en el arroyo y sobre las frías baldosas de las iglesias, encontróse un gran depósito de camas, cuya ocultación no pudo justificar el citado Estallo. Desencadenóse impetuosamente sobre él la ira popular, y no fué posible contenerla. Oí decir que aquel hombre era inocente. Muchos lamentaron su muerte; pero al comenzar el fuego en las trincheras, nadie se acordó más de él.

Palafox publicó aquel día una proclama en que trataba de exaltar los ánimos, y ofrecía el grado de capitán al que se presentara con cien hombres, amenazando con pena de horca y confiscación de bienes al que no acudiese prontamente á los puntos ó los desamparase. Todo esto era señal del gran apuro de las autoridades.

Memorable fué aquel día por el ataque á Santa Mónica, que defendían los voluntarios de Huesca. Durante el anterior y gran parte de la noche, los franceses bombardearon el edificio. Las baterías de la huerta estaban inservibles, y fué preciso retirar los cañones, operación que nuestros valientes llevaron á cabo, sufriendo á descubierto el fuego enemigo. Este abrió al fin brecha, y penetrando en la huerta, quiso apoderarse también del edificio, olvidando que había sido rechazado dos veces en los días anteriores. Pero Lannes, contrariado por la extraordinaria y nunca vista tenacidad de los zaragozanos, había mandado reducir á polvo el Convento, lo cual, teniendo morteros y obuses, era más fácil que conquistarlo. Efectivamente: después de seis horas de fuego de artillería, una gran parte del muro de Levante cayó al suelo, y allí era de ver el regocijo de los franceses, que sin pérdida de tiempo se abalanzaron al asalto de la posición, auxiliados por los fuegos oblicuos del Molino de la ciudad. Viéndoles venir Villacampa, jefe de los de Huesca, y Palafox, que había acudido al punto del peligro, trataron de cerrar la brecha con sacos de lana y unos cajones vacíos que habían venido con fusiles. Llegando los franceses, asaltaron con furia loca, y después de un breve choque cuerpo á cuerpo, fueron rechazados. Durante la noche siguieron cañoneando el Convento.

Al siguiente día resolvieron dar otro asalto, seguros de que no habría mortal que defendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por momentos se venía al suelo. Embistiéronlo por la puerta del locutorio; pero durante la mañana no pudieron conquistar ni un palmo de terreno en el claustro.