Desplomóse al caer de la tarde el techo por la parte oriental del Convento. El tercer piso, que estaba muy quebrantado, no pudo resistir el peso, y cayó sobre el segundo. Este, aún más endeble, dejóse ir sobre el principal, y el principal, incapaz por sí solo de resistir encima todo el edificio, hundióse sobre el claustro, sepultando centenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con esta catástrofe; pero no fué así. Los franceses dominaron una parte del claustro, pero nada más, y para apoderarse de la otra necesitaban franquearse camino por entre los escombros. Mientras lo hicieron, los de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamiento en la escalera, y agujereaban el piso alto para arrojar granadas de mano contra los sitiadores.
Entre tanto, nuevas tropas francesas logran penetrar por la iglesia, pasan al techo del Convento, extiéndense por el interior del maderamen abuhardillado, bajan al claustro alto, y atacan á los voluntarios indomables. Con la algazara de este encuentro, anímanse los de abajo, redoblan sus esfuerzos, y sacrificando multitud de hombres consiguen llegar á la escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos, y si bien aún pueden retirarse por uno de los dos agujeros practicados en el claustro alto, casi todos juran morir antes que rendirse. Corren buscando un lugar estratégico que les permita defenderse con alguna ventaja, y son cazados á lo largo de las crujías. El último tiro fué señal de que había caído el último hombre. Algunos pudieron salir por un portillo que habían abierto en los más escondidos aposentos del edificio, junto á la ciudad; por allí salió también D. Pedro Villacampa, comandante del batallón de voluntarios de Huesca, y al hallarse en la calle, miraba maquinalmente en torno suyo, buscando á sus muchachos.
Durante esta jornada, nos hallábamos en las casas inmediatas de la calle de Palomar, haciendo fuego sobre los franceses que se destacaban para asaltar el Convento. Antes de concluída la acción, comprendimos que en las Mónicas ya no había defensa posible, y el mismo D. José Montoria, que estaba con nosotros, lo confesó.
—Los voluntarios de Huesca no se han portado mal—dijo.—Se conoce que son buenos chicos. Ahora les emplearemos en defender estas casas de la derecha... pero se me figura que no ha quedado ninguno. Allí sale solo Villacampa. ¿Pues y Mendieta, y Paúl, y Benedicto, y Oliva? Vamos: veo que todos han quedado en el sitio.
De este modo el Convento de las Mónicas pasó á poder de Francia.
[XXI]
Al llegar á este punto de mi narración, ruego al lector que me dispense si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrores, comprendido desde el 27 de Enero hasta la mitad del siguiente mes, los sucesos se confunden, se amalgaman, se eslabonan en mi mente de tal modo, que no puedo distinguir días ni noches, y á veces ignoro si algunos lances de los que recuerdo ocurrieron á la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un largo día, ó en una noche sin fin, y que el tiempo no marchaba entonces con sus divisiones ordinarias. Los acontecimientos, los hombres, las diversas sensaciones se reúnen en mi memoria formando un cuadro inmenso donde no hay más líneas divisorias que las que ofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia inexplicable ó el pánico de otro momento.
Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy á narrar ahora; pero fué, si no me engaño, al día siguiente de la jornada de las Mónicas, y según mis conjeturas del 30 de Enero al 2 de Febrero. Ocupábamos una casa de la calle de Pabostre. Los franceses eran dueños de la inmediata, y trataban de avanzar por el interior de la manzana hasta llegar á Puerta Quemada. Nada es comparable á la expedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse á aquellos choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y las que guarnecen el superior.
Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos causaba espanto el no saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos á las buhardillas; bajábamos á los sótanos, y pegando el oído á los tabiques, procurábamos indagar el intento del enemigo según la dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con violencia el tabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y esperamos á pie firme en la puerta después de amontonar los muebles formando una barricada. Los franceses abrieron un agujero, y luego, á culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo, presentándosenos en actitud de querer echarnos de allí. Eramos veinte. Ellos eran menos, y como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron, volviendo al poco rato en número tan considerable, que nos hicieron gran daño, obligándonos á retirarnos, después de dejar tras los muebles cinco compañeros, dos de los cuales estaban muertos. En el angosto pasillo topamos con una escalera por donde subimos precipitadamente sin saber á dónde íbamos; pero luego nos hallamos en un desván, posición admirable para la defensa. Era angosta la escalera, y el francés que intentaba pasarla moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando la resistencia, y animándonos unos á otros con vivas y aclamaciones, cuando el tabique que teníamos á la espalda empezó á estremecerse con fuertes golpes, y al punto comprendimos que los franceses, abriendo una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre dos fuegos. Eramos trece, porque en el desván habían caído dos muy gravemente heridos.