—¿Y Agustín?—le pregunté.

—Está abajo—repuso con voz temblorosa.

—Abajo están dando una batalla. Las personas que nos habíamos refugiado en esta casa, estábamos repartidas por los distintos aposentos. Mi padre llegó esta mañana con Doña Guedita. Agustín nos trajo de comer, y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos golpes en los tabiques... venían los franceses. Entró la tropa, nos hicieron salir, trajeron los heridos y los enfermos á esta sala alta... aquí nos han encerrado á todos, y luego, rotas las paredes, los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado á pelear... ¡Ay! Agustín está abajo también...

Esto decía, cuando entró Manuela Sancho, trayendo dos cántaros de agua para los heridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de sus lechos, disputándose á golpes un vaso de agua.

—No empujar, no atropellarse, señores—dijo Manuela riendo.—Hay agua para todos. Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba, y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos.

Mariquilla se estremeció de horror.

—Tengo sed,—me dijo.

Al punto pedí agua á la Sancho; pero como el único vaso que trajera, ocupado en aplacar la sed de los demás, andaba de boca en boca, por no esperar tomé una de las tazas que en su montón tenía el tío Candiola.

—Eh, señor entrometido—dijo sujetándome la mano,—deje usted ahí esa taza.