—Es para que beba esta joven—contesté indignado.—¿Tanto valen estas baratijas, señor Candiola?

El avaro no me contestó ni se opuso á que diera de beber á su hija; mas luego que ésta calmó su sed, un herido tomó ávidamente de sus manos la taza, y he aquí que ésta empezó á correr también, pasando de boca en boca. Cuando yo salí para unirme á mis compañeros, D. Jerónimo seguía con la vista, de muy mal talante, el extraviado objeto que tanto tardaba en volver á sus manos.

Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Desalojados del piso principal de la casa, los franceses habíanse retirado al de la contigua, donde continuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo el interés de la batalla estaba en la cocina, disputada con mucho encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía. Muchos cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunos patriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina funesta, desde donde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de ella á la bayoneta, y aunque perecieron bastantes, este acto de arrojo decidió la cuestión, porque tras ellos fueron otros, y por fin todos los que cabían.

Aterrados los imperiales con tan ruda embestida, buscaron salida precipitadamente por el laberinto que de pieza en pieza habían abierto. Persiguiéndoles por pasillos y aposentos, cuya serie inextricable volvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde podíamos alcanzarles, y algunos de ellos se arrojaban desesperadamente á los patios. De este modo, después de reconquistada aquella casa, reconquistamos la vecina, obligándoles á contenerse en sus antiguas posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la calle de Pabostre.

Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de encontrar entre éstos á Agustín Montoria, aunque no era de gravedad el balazo recibido en el brazo derecho. Mi batallón quedó aquel día reducido á la mitad.

Los infelices que se refugiaban en la habitación alta de la casa, quisieron acomodarse de nuevo en los distintos aposentos; pero esto no se juzgó conveniente, y fueron obligados á abandonarla buscando asilo en lugares más lejanos del peligro.

Cada día, cada hora, cada instante las dificultades crecientes de nuestra situación militar se agravaban con el obstáculo que ofrecía número tan considerable de víctimas, hechas por el fuego y la epidemia. ¡Dichosos mil veces los que eran sepultados en las ruínas de las casas minadas, como aconteció á los valientes defensores de la calle de Pomar, junto á Santa Engracia! Lo verdaderamente lamentable estaba allí donde se hacinaban unos sobre otros, sin poder recibir auxilio, multitud de hombres destrozados por horribles heridas. Había recursos médicos para la centésima parte de los pacientes. La caridad de las mujeres, la diligencia de los patriotas, la multiplicación de la actividad en los hospitales, nada bastaba.

Llegó un día que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel indiferencia, se apoderó de los defensores, y nos acostumbramos á ver un montón de muertos, cual si fuera montón de sacas de lana; nos acostumbramos á ver sin lástima algunas largas filas de heridos arrimados á las casas, curándose cada cual como mejor podía. A fuerza de padecimientos, creyérase que las necesidades de la carne habían desaparecido, y que no teníamos más vida que la del espíritu. La familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza, infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absoluto de la materia y total indiferencia de la vida. Cada uno esperaba morir dentro de un rato, sin que esta idea le conturbara.

Recuerdo que oí contar el ataque dado al Convento de Trinitarios para arrebatarlo á los franceses, y las hazañas fabulosas, la inconcebible temeridad de esta empresa, me parecieron un hecho natural y ordinario.

No sé si he dicho que inmediato al Convento de las Mónicas estaba el de Agustinos Observantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia no pequeña y muy irregular, vastas crujías y un claustro espacioso. Era, pues, indudable que los franceses, dueños ya de las Mónicas, habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio para establecerse sólida y definitivamente en el barrio.