—Ya que no tuvimos la suerte de hallarnos en las Mónicas—me dijo Pirli,—hoy nos daremos el gustazo de defender hasta morir las cuatro paredes de San Agustín. Como no basta Extremadura para defenderlo, nos mandan también á nosotros. ¿Y qué hay de grados, amigo Araceli? ¿Con que es cierto que este par de caballeros que está aquí es un par de sargentos?

—No sabía nada, amigo Pirli,—le respondí; y verdad era que ignoraba aquél mi ascenso á las alturas jerárquicas del sargentazo.

—Pues sí: anoche lo acordó el General. El Sr. de Araceli es sargento primero, y el señor de Pirli sargento segundo. Harto bien lo hemos ganado, y gracias que nos ha quedado cuerpo en que poner las charreteras. También me han dicho que á Agustín Montoria le han nombrado teniente por lo bien que se porto en el ataque dentro de las casas. Ayer tarde, al anochecer, el batallón de las Peñas de San Pedro no tenía más que cuatro sargentos, un alférez, un capitán y doscientos hombres.

—A ver, amigo Pirli, si hoy nos ganamos un par de ascensos.

—Todo es ganar el ascenso del pellejo—replicó.—Los pocos soldados que viven del batallón de Huesca, creo que van para generales. Ya tocan llamada. ¿Tienes que comer?

—No mucho.

—Manuela Sancho me ha dado cuatro sardinas: las partiré contigo. Si quieres un par de docenas de garbanzos tostados... ¿Te acuerdas tú del gusto que tiene el vino? Dígolo porque hace días que no nos dan una gota... Por ahí corre el rum-rum de que esta tarde nos repartirán un poco cuando acabe la guerra en San Agustín. Ahí tienes tú: sería muy triste cosa que le matarán á uno antes de saber qué color tiene eso que van á darnos esta tarde. Si siguieran mi consejo, lo echarían antes de empezar, y así, el que muriera eso se llevaba... Pero la Junta de Abastos habrá dicho: «Hay poco vino: si lo repartimos ahora, apenas tocarán tres gotas á cada uno. Esperemos á la tarde, y como de los que defienden á San Agustín será milagro que quede la cuarta parte, les tocará á trago por barba.»

Y con este criterio siguió discurriendo sobre la escasez de vituallas. No tuvimos tiempo de entretenernos en esto, porque apenas nos dábamos la mano con los de Extremadura que guarnecían el edificio, cuando una fuerte detonación nos puso en cuidado, y entonces un fraile apareció diciendo á gritos:

—Hijos míos, han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y ya les tenemos en casa. Corred á la iglesia: ellos deben haber ocupado la sacristía; pero no importa. Si vais á tiempo, seréis dueños de la nave principal, de las capillas, del coro. ¡Viva la Santa Virgen del Pilar y el batallón de Extremadura!

Marchamos á la iglesia serenos y confiados.