Era difícil contenernos, y no pudiendo hacer gran hostilidad desde allí, bajamos á la calle unos tras otros, sin hacer caso de los jefes que querían contenernos. El combate tenía sobre todos una atracción irresistible, y nos llamaba como llama el abismo al que lo contempla desde el vértice de elevada cima.
Jamás me he considerado héroe; pero es lo cierto que en aquellos momentos ni temía la muerte, ni me arredraba el espectáculo de las catástrofes que á mi lado veía. Verdad es que el heroísmo, como cosa del momento é hijo directo de la inspiración, no pertenece exclusivamente á los valerosos, razón por la cual suele encontrarse con frecuencia en las mujeres y en los cobardes.
Por no parecer prolijo, no referiré aquí las peripecias de aquel combate de la calle de Pabostre. Se parecen mucho á las que antes he contado, y si en algo se diferenciaron fué por el exceso de la constancia y de la energía, llevadas á un grado tal que allí acababa lo humano y empezaba lo divino. Dentro de las casas pasaban escenas como las que en otro lugar se refieren, pero con mayor encarnizamiento, porque el triunfo se creía más definitivo. La ventaja adquirida en una pieza perdíanla los imperiales en otra; la acción trabada en la buhardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí se remataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las voces de mando con que unos y otros dirigían los movimientos dentro de aquellos laberintos, retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos.
En la calle usaban ellos artillería y nosotros también: Varias veces trataron de apoderarse con rápidos golpes de mano de nuestras piezas; pero perdían mucha gente sin conseguirlo nunca. Acobardados al ver que el esfuerzo empleado otra vez para ganar una batalla no bastaba entonces para conquistar dos varas de calle, se negaban á batirse, y sus oficiales les sacudían á palos la pereza.
Por nuestra parte no era preciso emplear tales medios y bastaba la persuasión. Los frailes, sin dejar de prestar auxilio á los moribundos, atendían á todo, y al advertir debilidad en un punto, volaban á llamar la atención de los jefes.
En una de las zanjas abiertas en la calle, una mujer, más que ninguna valerosa, Manuela Sancho, después de hacer fuego de fusil, disparó varios tiros en la pieza de á 8. Mantúvose ilesa durante gran parte del día, animando á todos con sus palabras y sirviendo de ejemplo á los hombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la zanja, herida en una pierna, y durante largo tiempo confundióse con los muertos, porque la hemorragia la puso exánime y con apariencia de cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos, y fué curada, quedando tan bien, que muchos años después tuve el gusto de verla viva. La historia no ha olvidado á aquella valiente joven, y además, la calle de Pabostre, cuyas mezquinas casas son más elocuentes que las páginas de un libro, lleva el nombre de Manuela Sancho.
Poco después de las tres, una horrísona explosión conmovió las casas que los franceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante la mañana, y entre el espeso humo y el polvo, más espeso aún que el humo, vimos volar en pedazos mil las paredes y el techo, cayendo todo al suelo con un estruendo de que no puede darse idea. Los franceses empezaban á emplear la mina para conquistar lo que por ningún otro medio podía arrancarse de las manos aragonesas. Abrieron galerías, cargaron los hornillos, y los hombres cruzáronse de brazos, esperando que la pólvora lo hiciera todo.
Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las inmediatas y en la calle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino á tierra la segunda, inicióse el movimiento de retirada con bastante desorden. Al considerar que eran sepultados entre las ruínas ó lanzados al aire tantos infelices compañeros, que no se habrían dejado vencer por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel elemento de destrucción, y parecíanos que en todas las demás casas y en la calle, minadas ya también, iban á estallar horribles cráteres que en pedazos mil nos salpicarían desgarrados en sangrientos girones.
Los jefes nos detenían, diciendo:
—Firmes, muchachos. No correr. Eso es para asustaros. Nosotros también tenemos pólvora en abundancia y abriremos minas. ¿Creéis que eso les dará ventaja? Al contrario. Veremos cómo se defienden entre los escombros.