Palafox se presentó á la entrada de la calle, y su presencia nos contuvo algún tanto. El mucho ruido impidióme oir lo que nos dijo; pero por sus gestos comprendí que quería impelernos á marchar sobre las ruínas.

—Ya oís, muchachos, ya oís lo que dice el Capitán General—vociferó á nuestro lado un fraile de los que venían en la comitiva de Palafox.—Dice que si hacéis un pequeño esfuerzo más, no quedará vivo un solo francés.

—¡Y tiene razón!—exclamó otro fraile.—No habrá en Zaragoza una mujer que os mire, si al punto no os arrojáis sobre las ruínas de las casas y echáis de allí á los franceses.

—Adelante, hijos de la Virgen del Pilar—añadió un tercer fraile.—Allí hay un grupo de mujeres. ¿Las veis? Pues dicen que si no vais vosotros, irán ellas. ¿No os da vergüenza vuestra cobardía?

Con esto nos contuvimos un poco. Reventó otra casa á la derecha, y entonces Palafox se internó en la calle. Sin saber cómo ni por qué, nos llevaba tras sí. Y ahora es ocasión de hablar de este personaje eminente, cuyo nombre va unido al de las célebres prozas de Zaragoza. Debía en gran parte su prestigio á su gran valor; pero también á la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fué mirada allí la familia de Lazán, y á su hermosa y arrogante presencia. Era joven. Había pertenecido al cuerpo de Guardias, y se le elogiaba mucho por haber despreciado los favores de una muy alta señora, tan famosa por su posición como por sus escándalos. Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria.

Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquélla, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia y rodeóse de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel General joven, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes, reanimando á los débiles y distribuyendo recompensas á los animosos.

Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico, y su fervor guerrero. Lo que él disponía todos lo encontraban bueno y justo. Como aquellos Monarcas á quienes las tradicionales leyes han hecho representación personal de los principios fundamentales del Gobierno, Palafox no podía hacer nada malo: lo malo era obra de sus consejeros. Y en realidad, el ilustre caudillo reinaba y no gobernaba. Gobernaba el Padre Basilio, O’Neilly, Saint-March y Butrón, clérigo escolapio el primero, Generales insignes los otros tres.

En los puntos de peligro aparecía siempre Palafox como la expresión humana del triunfo. Su voz reanimaba á los moribundos, y si la Virgen del Pilar hubiera hablado, no lo habría hecho por otra boca. Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. Vanagloriábase de ser el impulsor de aquel gran movimiento. Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que á sus cualidades de General, á sus cualidades de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo. Todo esto era preciso, pues ha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el caudillo, para que el enfático orgullo de la victoria arrastre á todos al heroísmo.