[XXIV]

Como he dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la calle de Pabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada.

Si encarnizada fué la batalla hasta las tres, hora en que nos concentramos hacia la plaza de la Magdalena, no lo fué menos desde dicha ocasión hasta la noche. Los franceses empezaron á hacer trabajos en las casas arruinadas por los hornillos, y era curioso ver cómo entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas, caminos cubiertos, y plataformas para emplazar la artillería. Aquélla era una guerra que cada vez se iba pareciendo menos á las demás guerras conocidas.

De esta nueva fase de batalla resultó una ventaja y un inconveniente para los franceses, porque si la demolición de las casas les permitía colocar en ellas algunas piezas, en cambio los hombres quedaban á descubierto. Por nuestra desgracia no supimos aprovecharnos de esto al presenciar las voladuras. El terror nos hizo ver una centuplicación del peligro, cuando en realidad lo disminuía, y no queriendo ser menos que ellos en aquel duelo á fuego, los zaragozanos empezaron á incendiar las casas de la calle de Pabostre que no podían sostener.

Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo conseguirlo en la laberíntica guerra de las madrigueras, empezaron á destruirlas, unos con la mina, otros con el incendio, quedándose á descubierto como el impaciente gladiador que arroja su escudo.

¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento en que no pudiendo resistir más mi cuerpo, como el de otros compañeros que habían tenido la suerte ó la desgracia de vivir, se arrastraba sobre el arroyo, tropezando con cadáveres insepultos ó medio inhumados entre los escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados á los extremos del delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos lóbrega obscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes á las que suponemos en el Infierno enrojecían la ciudad por otro lado.

Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimiento otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento tan horrible! ¡Qué hambre! ¡Qué sed! Ví correr á muchos con ágiles movimientos; les oí gritar; ví proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas: iban y venían no sé á dónde ni de dónde. No era yo el único que, agotadas las fuerzas del cuerpo y del espíritu después de tantas horas de lucha, se había rendido. Otros muchos, que no tenían la acerada entereza de los cuerpos aragoneses, se arrastraban como yo, y nos pedíamos unos á otros un poco de agua. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne fría y envuelta en tierra, que devoraban con avidez.

Algo reanimados, seguimos buscando, y pude alcanzar una parte en las migajas de aquel festín. No sé si estaba yo herido: algunos de los que conmigo hablaban, comunicándome su gran hambre y sed, tenían horribles golpes, quemaduras y balazos. Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron á beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto descubrimos un pañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite. Alentados por los repetidos hallazgos seguimos merodeando, y al fin, lo poco que logramos comer, y más que nada el agua sucia que bebimos, nos devolvió en parte las fuerzas.

Yo me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzguéme gravemente herido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre.